FAMILIA, OBRA DE TODOS (#52)
La familia es escuela de humanismo. Para lo cual se requiere clima de
benévola comunicación y unión de propósitos entre los cónyuges y cooperación de
los padres en la educación de los hijos. La presencia del padre y el cuidado de
la madre (sin olvidar su legítima promoción social), es lo que necesitan los
niños menores. La educación de los hijos implica que, al llegar a la edad
adulta, puedan seguir responsablemente su vocación y escoger estado de vida en condiciones
morales, sociales y económicas adecuadas. Es propio de padres y tutores guiar a
los jóvenes con prudentes consejos, evitando toda coacción directa o indirecta
sobre sus propias opciones y decisiones.
Por ello, todos los que influyen en las comunidades y grupos sociales
deben contribuir al progreso del matrimonio y de la familia. El poder civil ha
de considerar su obligación reconocer la verdadera naturaleza del matrimonio y
de la familia, protegerla y ayudarla, asegurar la moralidad pública y favorecer
la prosperidad doméstica.
Los cristianos unan el testimonio de su vida con la acción concorde de
los hombres de buena voluntad. Ayudará a este fin la recta conciencia moral de
los hombres y la sabiduría y competencia de las personas versadas en las
ciencias. Los biólogos, los médicos, los sociólogos y los sicólogos ayudarán a
la paz de las conciencias aclarando más a fondo con estudios convergentes las
circunstancias favorables a la honesta ordenación de la procreación humana.
Los sacerdotes, preparados en el tema familiar, en su predicación y
asesoría, fomenten pastoralmente las vocaciones al matrimonio y animen las
asociaciones creadas con esos fines.
Los propios cónyuges, finalmente, sean testigos de aquel misterio de
amor que el Señor con su muerte y resurrección reveló al mundo.
Recapitulando la dignidad e importancia del matrimonio y
la familia, el Concilio reclama la contribución y la aportación de todos para
una mejor humanización de toda nuestra vida.
Destaca el llamado a los científicos, por tanto tiempo vituperados
como enemigos de la fe cristiana. El racionalismo fue una sana reacción frente
a las presunciones del fideísmo, pero no tan sana en sus condenaciones de las
posturas religiosas. Con agnósticos por medio, las confrontaciones se van
suavizando para bien de todos.
También resulta de interés la admonición hecha a los
sacerdotes para que se capaciten antes de pontificar sobre la moral sexual
repitiendo estribillos ya desfasados por los cambios culturales.
Una vez más, oración, reflexión y acción.