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Por Sarri - 9 de Septiembre, 2011, 11:37, Categoría: General

EL AMOR CONYUGAL (#49)

 

El amor conyugal, por ser eminentemente humano, con el afecto de la voluntad abarca el bien de toda la persona y, por tanto, es capaz de enriquecer con una dignidad especial las expresiones del cuerpo y del espíritu y de ennoblecerlas como elementos y señales específicas de la amistad. Este amor está perfeccionado y elevado con el don especial de la gracia y la caridad.

Tal amor, asociando a la vez lo humano y lo divino, lleva a los esposos a un don libre y mutuo de sí mismos, comprobado por sentimientos y actos de ternura, e impregna toda su vida; más aún, por su misma generosa actividad crece y se perfecciona. Supera, por tanto con mucho la inclinación puramente erótica, que, por ser cultivo del egoísmo, se desvanece rápida y lamentablemente.

Este amor se expresa y se perfecciona singularmente con la acción propia del matrimonio. Por ello, los actos con que los esposos se unen íntimamente entre sí son honestos y dignos y, ejecutados de manera verdaderamente humana, significan y favorecen el don recíproco en un clima de gozosa gratitud,

Ratificado por la mutua fidelidad y sobre todo por el sacramento de Cristo, es indiscutiblemente fiel en cuerpo y mente, en la prosperidad y en la adversidad, quedando excluido de todo adulterio o divorcio.

El reconocimiento obligatorio de la igual dignidad personal del varón y de la mujer evidencia también claramente la unidad del matrimonio confirmada por el Señor. Para hacer frente a las obligaciones de esta vocación cristiana, se requiere una insigne virtud; por eso los esposos, vigorizados por la gracia para la vida de santidad, cultivarán la firmeza en el amor, la magnanimidad de corazón y el espíritu de sacrificio, pidiéndolos asiduamente en la oración.

Destacará el amor conyugal en el ambiente si los esposos sobresalen por su fidelidad y armonía y en el cuidado por la educación de sus hijos, participando en la necesaria renovación cultural, sicológica y social a favor del matrimonio y de la familia.

Hay que formar a los jóvenes a tiempo sobre la dignidad, función y ejercicio del amor conyugal y esto preferentemente en el seno de la misma familia. Así, educados  en el culto de la castidad, podrán pasar, a la edad conveniente de un honesto noviazgo al matrimonio,

 

Se aclara, definitivamente, la intrínseca bondad del matrimonio en todas sus dimensiones.