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Núcleo Cristiano de Dinamismo

Por Sarri - 3 de Agosto, 2011, 17:17, Categoría: Doctrinal

CRISTO, ALFA Y OMEGA (#45)

 

La Iglesia, al prestar ayuda al mundo y al recibir del mundo, sólo pretende una cosa: el advenimiento del reino de Dios y la salvación de toda la humanidad. Como sacramento universal de salvación manifiesta y al mismo tiempo realiza el misterio del amor de Dios al Hombre.

El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se encarnó para que, Hombre perfecto, salvara a todos y recapitulara todas las cosas. El Señor es el fin de la historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones. Es aquel a quien el Padre resucitó, exaltó y colocó a su derecha, constituyéndolo juez de vivos y muertos. Vivificados y reunidos en su Espíritu, caminamos como peregrinos hacia la consumación de la historia humana, la cual coincide plenamente con su amoroso designio.

Escuchemos lo que dice el Señor: Vengo presto, y conmigo viene mi recompensa, para dar a cada uno de acuerdo a sus obras. Yo soy el alfa y la omega, el primero y el último, el principio y el fin (Ap. XXII, 12-13).

 

Himno triunfal. Como broche del capítulo y de la primera parte, en que se trata de la vocación del hombre en la Iglesia y en el Mundo. A veces el lirismo de estas consideraciones nos hace perder el sentido nuclear de tales verdades. No se trata de cosas y acontecimientos, sino de nuestra propia y personal conversión y transformación.

La encarnación del Verbo, la humanización de la voluntad divina, nos llega a todos. Formamos “ya” parte del Cuerpo de Cristo y en Cristo con nosotros se revela toda la historia de la que formamos parte. En El se recapitula el esfuerzo ético de la humanidad, la religiosidad de los profetas y la fe de los pueblos, desde el principio hasta el fin del mundo. Y en esa recapitulación (anakefalaiosis) todos somos protagonistas.

La Iglesia es sacramento: lo que muestra lo realiza. Por supuesto que se trata de un misterio imposible de comprenderlo desde nuestro caminar histórico en el seguimiento de Jesucristo. Aquí se plantean los riesgos de nuestros lirismos. Bien están si sólo son expresión de nuestras corazonadas, pero están muy mal cuando pasamos a darles consistencias racionales y dogmáticas. Los dogmas son verdades germinales que deben fructificar en verdades de vida, pero son lamentables cuando se quedan en formulaciones quietas y muertas; son como la tabla de multiplicar para los cálculos matemáticos.