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Enero del 2011

Persona y Sociedad

Por Sarri - 26 de Enero, 2011, 9:30, Categoría: Doctrinal

SOCIEDAD Y PERSONA (#25)

 

La índole social del hombre demuestra que el desarrollo de la persona humana y el crecimiento de la propia sociedad están mutuamente condicionados. Porque el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana, la cual, por su misma naturaleza, tiene absoluta necesidad de la vida social.

De entre las sociedades, la familia y la comunidad política responden a su naturaleza y son imprescindibles; otras proceden más bien de su libre voluntad. Hoy se multiplican sin cesar las conexiones mutuas y las interdependencias, surgiendo todo tipo de asociaciones de derecho público como privado. Tal socialización, aunque encierra peligros, ofrece muchas ventajas para consolidar las cualidades de la persona humana y para garantizar sus derechos.

Si la persona recibe mucho de esta vida en sociedad, no se puede negar que las circunstancias en que está como inmersa desde la infancia le incitan a apartarse del bien y le inducen al mal. Es cierto que las perturbaciones que agitan la realidad social proceden de las tensiones de las estructuras económicas, políticas y legales. Pero, radicalmente, proceden de la soberbia y egoísmo humanos que trastornan el ambiente social.

Cuando la realidad social se ve viciada por las consecuencias del pecado, el hombre encuentra nuevos estímulos y excusas para el pecado, los cuales no pueden vencerse sino con denodado esfuerzo ayudado por la gracia.

 

La vida personal en sociedad es difícil por compleja y la declaración conciliar así lo reconoce, haciendo dudosos equilibrios entre mentalidades optimistas y pesimistas. Pero destaca claramente la tensión y la complementariedad entre persona y sociedad, sea ésta necesaria o voluntaria.

La necesidad de la familia es evidente; la necesidad del Estado no tanto, pero basta con considerar la necesidad de que las familias vivan y convivan pacíficamente. La ruptura de esta paz suele darse entre los miembros de una misma familia pero sus consecuencias no suelen ser tan desastrosas como cuando se enfrentan los gobiernos y se enzarzan en las más absurdas guerras sembrando la muerte y la desolación.

Puntualizar detalladamente estas cuestiones está reservado a los apartados especializados de esta constitución pastoral.

el Apice del Amor

Por Sarri - 18 de Enero, 2011, 16:43, Categoría: Doctrinal

INDOLE COMUNITARIA (#24)

 

Dios quiere que los hombres constituyan una sola familia y se traten entre sí con espíritu de hermanos. Todos son creados a imagen y semejanza de Dios y todos son llamados a un solo e idéntico fin. Esto es, Dios mismo.

Por lo cual, el amor de Dios y del prójimo es el primero y mayor mandamiento; cualquier otro precepto se resume en este: amarás al prójimo como a ti mismo. El amor es el cumplimiento de la ley. Esta doctrina posee hoy extraordinaria importancia a causa de dos hechos: la creciente interdependencia mutua de los hombres y la unificación también creciente del mundo.

Cuando el Señor ruega al Padre que todos sean uno, como nosotros somos uno (Jn. XVII, 21-22), abriendo perspectivas cerradas a la razón humana sugiere una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza demuestra que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás.

 

El amor, especialmente el amor al prójimo, a todo prójimo, más que un mandamiento para el cristiano es una necesidad, algo así como la respiración. No tiene sentido obligar a una persona a que respire y, en caso de ahogo, es lo primero que debe proporcionársele. Lástima que la palabra amor esté tan desgastada y desvirtuada!

El amor, creador de comunidad, de que aquí se trata es en sí mismo el que desde el hermano se abre a Dios. La teoría es que procede de Dios y se extiende a los hermanos. Y es verdad. No obstante, para vivenciarlo ha de arrancar desde los hermanos y llegar hasta Dios. Es imposible amar a Dios si no se ama al hermano. Esta unidad, no de los amores sino del amor, es característica de la identidad cristiana.

En la medida en que se separan y se pluralizan estos amores dejan de ser amor auténtico y pasan a ser fantasías engañosas que dan la ilusión mentirosa de ser cristianos. Este es el secreto, quizá, de que la Iglesia vaya perdiendo credibilidad a lo largo de la historia.

 

 

Comunitarismo

Por Sarri - 8 de Enero, 2011, 15:17, Categoría: Doctrinal

Cap. II -  LA COMUNIDAD HUMANA

PROPOSITO DEL CONCILIO

 

La multiplicación de las relaciones humanas contribuye al desarrollo del moderno progreso. Sin embargo, la perfección más honda está en la comunidad que se establece entre las personas, la cual implica el respeto de su dignidad espiritual. Las leyes que regulan la vida social el Creador las grabó en la naturaleza espiritual y moral del hombre.

El Concilio se limita a recordar algunas verdades fundamentales ya expuestas en la doctrina social del magisterio. Y subraya ciertas consecuencias que de aquellas fluyen y que tienen extraordinaria importancia en nuestros días.

 

Últimamente la Mater et Magistra y la Pacem in Terris de Juan XXIII, la Eclesiam Suam de Pablo VI y la Laborem Excercens de Juan Pablo II son buen compendio del interés eclesiástico en la cuestión social, pese a que sus enseñanzas no han calado sino en pequeños grupos especializados. El Concilio no solo recuerda sino que puntualiza pastoralmente muchas de sus derivaciones.

La primitiva preocupación por los pobres evolucionó progresivamente hacia el limosneo. La «cuestión social» en la Iglesia se oficializó con León XIII a principios del siglo XX. Antes, sobre todo en Alemania, Ketteler ya había sacudido la conciencia en ese sentido. Posteriormente, Pio XI volvió a insistir en plena ebullición totalitaria de Europa. Pero siempre sin encontrar  mayor resonancia. Y las enseñanzas conciliares están corriendo igual suerte.

Para cultivar el sentido comunitario cristiano es imprescindible vigorizar el sentido social en nuestra sociedad, sentido criminalmente marginado por el capitalismo rampante en nuestros días. Esta situación es el resultado de un cristianismo vivido en clave individualista, dogmática, legalista y ritualista, aspectos que Jesús criticó tan ásperamente en su tiempo.

Cristianizar nuestros tiempos y culturas implica sembrar y cultivar el espíritu social y comunitario, solidario y servicial, que tanto necesita nuestro mundo para dar testimonio auténtico de vida cristiana. Confiemos en que el recordatorio de estas notas contribuya positivamente a tal efecto.