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Noviembre del 2009

Dimensiones cristianas

Por Sarri - 26 de Noviembre, 2009, 14:57, Categoría: General

REALEZA CRISTIANA

 

La realeza paternal de Dios, proclamada por Jesús, es el conjuro del amor que produce amor, solidaridad, gratitud, paz y alegría. Toda comparación con las instituciones temporales lleva a la hybris conceptual que debilita el amor, genera discusiones y disputas que se desarrollan en guerras cada vez más violentas.

Después de la multiplicación de los panes, Jesús rechazó la realeza que le ofrecían los judíos: él no es un rey que controlara y distribuyera los alimentos a su pueblo. Jesús es rey de la verdad proclamada, de la verdad de la vida que rige trascendiendo los límites del tiempo y del espacio, de la verdad salvadora que ya está promulgada en el corazón de todo ser humano.

Reconocer esa realeza es convertirse, cambiar de mentalidad y esforzarse para que esa verdad brille y se expanda en el ancho mundo. Es pedir que venga a nosotros el reino de Dios y descubrir que ya ha venido y que sólo falta que lo aceptemos en su propia verdad sin condicionarlo a nuestras expectativas.

Nuestras expectativas son, precisamente, la mentalidad que hemos de cambiar. La mentalidad viene a ser el cúmulo de evidencias a las que rendimos culto en nuestra mente y corazón. Es evidente que nuestros sentimientos, pensamientos y lenguaje van cambiando desde la niñez hacia la vejez, Las evidencias son válidas hasta que otra evidencia más clara las suprime o las subordina y, así, hasta llegar a la última evidencia de que el misterio es indescifrable.

El misterio de la vida consiste en descubrir que la verdad es el polo de atracción de todas las evidencias al que nunca llegamos en este estadio de vida temporal pero al que esperamos alcanzar cuando se nos acabe el tiempo de la vida, cuando ya no quedan evidencias que barajar y la vida puede vivirse en toda su verdad, bondad y belleza.

Entonces comprenderemos que todos, integrados en perfecta unidad con Cristo Jesús, somos hijos dilectos de Dios y que vivimos indefectible y verdaderamente del amor del Rey del Universo. Entonces, como corresponde a los hijos del rey, seremos coronados con la diadema de la indefectible felicidad para la que fuimos creados.

Pasando de las fantasías a las evidencias y de las evidencias a las verdades y de éstas al misterio del amor divino gozaremos de la profética y sacerdotal realeza que se nos inculcó sacramentalmente en el bautismo y reinaremos en el Reino de Dios Padre por los siglos de los siglos en santidad de santidades.