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Hay tres pronombres indefinidos y neutros: nada,
algo y todo. En ellos se esconde, tal vez, el secreto de la evolución.
Nuestro gran problema radica en que confundimos el conocimiento de Algo con el conocimiento de Todo. El álgebra de estos pronombres
resulta paradójica. Nada + nada = nada (no son dos nadas sino la misma nada).
Algo + algo = algo (surge un algo no múltiple pero superior). Todo + todo =
todo (absurdo!). Los humanos, con nuestro pensamiento y lenguaje, nadamos en las aguas de estas paradójicas indefiniciones.
Reflexionar sobre este maremágnum podría ayudar para alcanzar cierta sensatez
pero también puede contribuir a hundirnos en la desesperación.
La contingencia o limitación de nuestra
existencia reclama distinguir el misterio del absurdo. El que todo más todo sea
doble todo, es absurdo y no misterio, El que lo creado nada añada al Creador increado
(Dios) no es absurdo sino misterio, es algo que trasciende nuestra capacidad
de comprensión y que podemos, si queremos, creer. Y, en esta indefinición
racional nos definimos existencialmente todos los hombres y las mujeres desde
que somos concebidos, nacemos, crecemos y morimos. Los cristianos creemos que
ante Dios somos nada, es decir, somos algo (alguien) que nada añade a Dios
de Quien todo recibimos
gratuitamente.
Dentro de estas condiciones resulta muy difícil manejar
el misterio y el absurdo, tanto que pretender superar la dificultad es la
ilusión que acarrea todos los problemas de la vida humana. Si el misterio es
la verdad y el absurdo es la no-verdad hemos de cuidar con suma diligencia
que en la presentación idiomática de los misterios no entre el absurdo; ésta
y no otra es la función de la razón ante la fe. Las verdades de fe suelen
revestirse de mitos (creación en siete días, diluvio universal, éxodo a la
tierra prometida, etc. etc.) a los que la razón debe expurgar de incoherencias
para no caer en la magia, en la absurda idea de que algo es capaz de crear algo.
Para que la crítica de la razón no reduzca las verdades de fe a nada, la
primera salida es convertir los mitos es poesía y referenciarlos a la
vivencia mística, labor nunca completable en la historia temporal de la
Humanidad.
Para definir algo la mente recurre a la
abstracción de las ideas con las que va estructurando todos sus conocimientos
matemáticos, científicos y filosóficos. Para independizarse de esta actividad
racional está el arte que, al margen de la búsqueda de la verdad, busca y
produce la belleza donde las creencias encuentran cómodo asiento. La teología
busca compatibilizar ciencia y fe, evitando
racionalismos y fideísmos que sacrifican la verdad del conjunto. El
gran misterio de la vida cristiana es la encarnación divina que los
cristianos actualizan y vivencian con el amor al prójimo y con el servicio al
bienestar de la humanidad. Aquí es donde la ortopraxis con su lastre de
indefinición supera las deficiencias de la ortodoxia definitoria.
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