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Diciembre del 2008

Iluminación

Por Sarri - 14 de Diciembre, 2008, 9:12, Categoría: General

LA LUZ

“Yo soy la luz del mundo” dijo Jesús.

En el mundo, la luz es el ser menos material que da visibilidad a todo lo demás. La luz, como tal, ni siquiera es visible, Si en el universo no hubiera ojos, la luz podría pasar por inexistente. La luz se revela por su reflejo en la materia. Por el reflejo del polvo sideral que flota en el cielo azul y en las nubes blancas que navegan en su inmensidad. La luz se refleja, sobre todo, en la cara de los humanos y en el brillo de sus ojos.

Los físicos calculan la velocidad de la luz pero sólo alcanzan a medir la rapidez de sus reflejos. La misma luz no se somete a experimentos: es inexperimentable! Es el axioma físico, en sí indemostrable, que otorga presencia y apariencia a cuanto nos rodea. Si viviéramos en absoluta oscuridad careceríamos de la vivencia de nuestra misma existencia. La luz es algo rayano en la contradicción de pretender superar su velocidad.

Al comienzo de la creación, Dios dijo: “hágase la luz” y la luz se hizo. Luego sigue todo el resto con su ritmo evolutivo hasta llegar al Hombre, a la razón y a la libertad. Y vio Dios que todo era bueno, muy bueno. El mal es la sombra que da relieve al bien, abriendo la tercera dimensión del espacio que nos permite movernos y actuar en filial libertad.

Pensada así la luz, volvamos al dicho de Jesús, yo soy la luz del mundo, y cuestionémonos si somos capaces de entender lo que nos quiere decir.  La luz trasciende todas las realidades cósmicas, Dios que la creó trasciende todas las realidades existentes y en Jesús se refleja para todos como el Padre amoroso que sostiene nuestra existencia, ilumina nuestra inteligencia y convoca a nuestra voluntad a la comunión  universal del amor.

Si entendiéramos lo que es la luz, comprenderíamos a Cristo Jesús como enviado del Padre para nuestra salvación, evidenciaríamos todas las paradojas y dificultades de la vida con la lucidez de la esperanza puesta en el amor divino. No seríamos luz, pero sí reflejo de la buena luz creada y fiel anticipo de la bondad (santidad) de la luz increada.

Nos conviene abrir el corazón a todas sus dimensiones de felicidad, de felicidad auténtica, luminosa e incomparable, desechando los engaños del encierro egoísta.