BONDAD
Sólo
Dios es bueno: en El radica toda bondad. Pretender ser bueno independientemente
de Dios es pura ilusión, así como lograr méritos en su presencia. Es más: la
bondad de las personas es la revelación de la presencia divina; es la gracia
que diviniza a los humanos y se irradia en el entorno.
Sé
que no es ésta nuestra manera de sentir y de pensar y, por eso mismo, lo
recalco para que nos convirtamos y creamos en el evangelio. La primera
condición que Jesús pone a sus servidores es la conversión y la fe.
La
conversión consiste en no arrogarse ninguna bondad proveniente de sí mismo.
Todo lo bueno que tengamos es gracia y don de Dios. Tanto la vida como la
inteligencia son dones gratuitos sin ningún mérito de nuestra parte. Eso sí,
todo don recibido demanda su cultivo y fructificación. La vida ha de ser sana y
el cuidado de la salud es uno de los primeros imperativos éticos. Lo mismo la
inteligencia (igual que todas las facultades) debe ser cultivada y desarrollada
al máximo. “Creced y multiplicaos” manda el Creador a sus creaturas.
Hay
una parábola en el evangelio difícil de aceptar. Es la de los obreros
contratados a primera y última hora y, al final, todos reciben la misma paga:
un denario. Ahí queda claro que la gracia no depende de lo que uno hace sino de
lo que el Señor quiere. Pero hay otra en que el mismo tema se profundiza más.
El Señor reclama a los labradores de la viña el fruto de la cosecha y éstos se
sublevan, matan a los enviados y al heredero de la propiedad para hacerse dueños
de la tierra y de sus frutos. Todo inútil. El Señor dice que se les quitará la
tarea y se entregará a otros que den frutos. Porque la piedra que ellos rechazaron,
para la edificación del Reino, se convertirá en piedra angular del edificio.
Aquí queda más claro que se requiere conversión y confianza para llegar a ser
bueno.
Todos
somos existencialmente buenos, pero somos buenos por la gracia de Dios y no por
el valor de nuestras obras. El hombre más malo es más bueno que malo. Al que
reconoce humildemente esta verdad Dios le perdona todos sus males. Al que
insiste en hacer valer sus bondades ante Dios, Dios lo desconoce y eso
significa que deja de existir. Definitivamente. El soberbio se destruye a sí
mismo cuando trata de sobreponerse a Dios reclamando valores que no tiene
porque no existen.