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Por Sarri - 6 de Octubre, 2008, 16:41, Categoría: Doctrinal

BONDAD

Sólo Dios es bueno: en El radica toda bondad. Pretender ser bueno independientemente de Dios es pura ilusión, así como lograr méritos en su presencia. Es más: la bondad de las personas es la revelación de la presencia divina; es la gracia que diviniza a los humanos y se irradia en el entorno.

Sé que no es ésta nuestra manera de sentir y de pensar y, por eso mismo, lo recalco para que nos convirtamos y creamos en el evangelio. La primera condición que Jesús pone a sus servidores es la conversión y la fe.

La conversión consiste en no arrogarse ninguna bondad proveniente de sí mismo. Todo lo bueno que tengamos es gracia y don de Dios. Tanto la vida como la inteligencia son dones gratuitos sin ningún mérito de nuestra parte. Eso sí, todo don recibido demanda su cultivo y fructificación. La vida ha de ser sana y el cuidado de la salud es uno de los primeros imperativos éticos. Lo mismo la inteligencia (igual que todas las facultades) debe ser cultivada y desarrollada al máximo. “Creced y multiplicaos” manda el Creador a sus creaturas.

Hay una parábola en el evangelio difícil de aceptar. Es la de los obreros contratados a primera y última hora y, al final, todos reciben la misma paga: un denario. Ahí queda claro que la gracia no depende de lo que uno hace sino de lo que el Señor quiere. Pero hay otra en que el mismo tema se profundiza más. El Señor reclama a los labradores de la viña el fruto de la cosecha y éstos se sublevan, matan a los enviados y al heredero de la propiedad para hacerse dueños de la tierra y de sus frutos. Todo inútil. El Señor dice que se les quitará la tarea y se entregará a otros que den frutos. Porque la piedra que ellos rechazaron, para la edificación del Reino, se convertirá en piedra angular del edificio. Aquí queda más claro que se requiere conversión y confianza para llegar a ser bueno.

Todos somos existencialmente buenos, pero somos buenos por la gracia de Dios y no por el valor de nuestras obras. El hombre más malo es más bueno que malo. Al que reconoce humildemente esta verdad Dios le perdona todos sus males. Al que insiste en hacer valer sus bondades ante Dios, Dios lo desconoce y eso significa que deja de existir. Definitivamente. El soberbio se destruye a sí mismo cuando trata de sobreponerse a Dios reclamando valores que no tiene porque no existen.