INTELIGENCIA BURGUESA
Burgués es el propietario
a cuyo servicio trabajan los asalariados. El burgués domina con el dinero a los
trabajadores. Compra su trabajo y, según la ley de oferta y demanda, trata de
lograr el máximo de trabajo al menor precio. Asociándose entre ellos, los
burgueses consiguen obviar la competencia y mantener bajos los precios del
trabajo con lo que acumulan capital en proporciones exponencialmente
crecientes.
Los cristianos no hemos
percibido sino hasta muy tarde los peligros de la propiedad privada. Los
burgueses siempre han sido más inteligentes que el común de las gentes; ellos
son los inventores de las pequeñas limosnas a los pordioseros y de las grandes
donaciones a los detentores del poder asegurándose, así, su simpatía y
complicidad; publicitan su dadivosidad al socaire de mayor enriquecimiento y terminan
por hacernos olvidar que no se puede servir a Dios y al Dinero!.
Cuando León XIII publicó
en 1891 su encíclica Rerum Novarum, donde
más oposición encontró fue entre los cristianos que lo tacharon de socialista
por cuestionar los derechos de la propiedad privada. Era la época de los
salarios de hambre y de las largas jornadas insalubres para mujeres y niños, El
siglo XX conoció la lucha de los sindicatos laborales por dignificar las
condiciones de trabajo pero vemos que la burguesía supo cómo domesticarlos y utilizarlos
en propio provecho.
El Evangelio pide a sus
seguidores ser sencillos como palomas y astutos como serpientes. Los santos saben
conjugar estas dos virtudes pero, según las apariencias, no hay suficientes
santos que hagan frente al proceso capitalista sin dejarse seducir por el afán de
la riqueza y el consiguiente olvido de las necesidades del prójimo.
El capitalismo
ultraburgués avanza sin frenos y hoy, después de haber arruinado continentes
como el africano, atenta contra la misma naturaleza en busca de nuevas fuentes
de energía. El recalentamiento del planeta es el resultado de la codicia
desenfrenada de la hidra capitalista y del absurdo engendro de la tan
inteligente burguesía.
Ante esta catástrofe
ecológica, los cristianos o no existimos o somos tan pocos que somos insignificantes.
Sin embargo, en la época prehistórica los pequeños rumiantes acabaron con los
feroces dinosaurios. Nunca es tarde para que los adoradores de Dios extirpen de
la tierra a los adoradores del dinero capitalista.
Pero se necesita más y
mejor inteligencia evangélica.