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Febrero del 2008

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Por Sarri - 25 de Febrero, 2008, 17:28, Categoría: General

SEGUIR A CRISTO

 

Seguir a alguien, en la mentalidad aramea, es hacerse su discípulo, apropiándose de su manera de pensar, de sentir y de actuar. En tiempos de Jesús, los discípulos  convivían con sus maestros, expertos en las Sagradas Escrituras por lo general.

Cristo también reunió discípulos, pero Jesús fue un maestro muy original. Era joven y no era estudioso de la Biblia ; no tenía domicilio y deambulaba por la Galilea ; duró poco su magisterio pero perduró a lo largo de los siglos; su enseñanza básica era la conversión del corazón para  prepararse a recibir el inminente Reino de Dios.

 Obraba maravillas pero rehuía la publicidad: la gente se asombraba porque nunca antes nadie habló con tan mesiánica autoridad. Y decían que pasó haciendo el bien. Pero terminó crucificado por los poderosos de su tiempo.

Ahora bien, sus discípulos testimonian que ha resucitado y vive, por su espíritu, siendo el maestro de sus seguidores, los cristianos que predican y extienden su Reino por todo el mundo. Pero entonces y ahora sigue siendo «signo de contradicción» como le profetizara, recién nacido, el viejo Simeón.

La historia del cristianismo es una historia llena de luces y sombras: las luces de los santos y las sombras de los traidores. Decae de su prístino nivel siempre que los hombres pretenden mejorarla y resucita vigorosa por obra de quienes viven de su espíritu, de auténticos discípulos que no se niegan a cargar la cruz y entregar, si es preciso, la vida por su causa. Siempre ha sido así.

Desde un principio hay divisiones, denuncias de herejías y excomuniones. En la Edad Media hay cruzadas y en la Edad Moderna guerras de religión. Son rupturas de la unidad que Jesús reclamó de sus discípulos, unidad que se inspirara en la unión de Jesús con su Padre. Hoy seguimos divididos entre conservadores y renovadores, aunque no sepamos qué renovamos ni qué conservamos.

Lo que el discípulo cristiano siempre debe conservar y renovar es el amor, amor mutuo creador de comunidad, amor auténtico como el de Jesús por sus discípulos, un amor que llega hasta los enemigos deshaciendo así enemistades.

Si los cristianos viviéramos del amor que Jesús nos reclama todas las enemistades del mundo se disiparían. Entonces sí, todos nos reuniríamos en el monte Sión para adorar al Señor y seguir a Jesús en su Reino de justicia y libertad, de amor y de paz.

Conciliares 1

Por Sarri - 17 de Febrero, 2008, 18:27, Categoría: General

 

EL CONCILIO DE LA IGLESIA

 

El Concilio Vaticano II, en su constitución pastoral, desde el principio, en el número 1, destaca cinco puntos para tener constantemente en cuenta a lo largo de su exposición que consta de 93 párrafos o números.

a) Solidaridad de la Iglesia con la Humanidad. La finalidad de la Iglesia es dar a conocer a todos los hombres (varones y mujeres) la salvación  aportada por Jesucristo. Las alegrías y penas de los hombres  son los gozos y los dolores de la Iglesia. Dice que «son»; por lo tanto, si nos encontramos con instituciones que se desarrollan al margen de esas alegrías y penas, deduciremos que no nos hemos encontrado con la Iglesia. Y en esta solidaridad, sólo tienen preferencia los pobres.

La exposición conciliar es un estudio  de lo que la auténtica Iglesia es, y, por lo mismo, lo que la histórica debe ser. Es el resultado del acuerdo de los obispos que, desde planteos muy conservadores en un principio, pasó a propuestas muy renovadoras. El texto final, para contentar  a ambas partes, adolece de ambigüedades para lograr la unanimidad final.

b) Formada por hombres vive para los hombres. Los cristianos no son ángeles sino seres humanos de frágil responsabilidad como todos sus hermanos humanos. Su compromiso cristiano es vivir para los demás, al servicio de las necesidades ajenas, empezando por las más urgentes de los marginados y abandonados sociales.

La tentación de atender primero las propias necesidades  es evidente y atender exclusivamente al propio bienestar hace que la Iglesia vaya perdiendo credibilidad porque sale contradiciéndose a sí misma.

c) Su misión es transmitir el Evangelio. La búsqueda de poder y prestigio no se compatibiliza con el espíritu evangélico y éste es el gran pecado de los eclesiásticos que, a lo largo de muchos siglos,  nos ha llevado a la profunda crisis que vivimos actualmente.

Para predicar el evangelio hay que vivirlo e irradiarlo de la misma vida antes que de la doctrina. Doctrina sin vida es ineficaz mientras que la vida de solidaridad y amor por el hermano suple todas las deficiencias de la doctrina.

d)  El Espíritu la guía hacia el Reino. La influencia del Espíritu en la Humanidad es constante; no es exclusiva de la Iglesia sino que se concreta como parte de la Humanidad. Jesús se lo recuerda a sus discípulos para robustecer su confianza. En la evolución, natural e histórica, de la creación la acción del Espíritu (voluntad eterna de Dios) es primordial, pero se hace consciente en la conciencia humana, en la individual y en la social, siendo, en la Iglesia, comunitaria.

e) Se dirige especialmente a los pobres. En esta orientación eclesial conviene distinguir entre caridades y caridad. La caridad limosnera humilla al que la recibe porque atenta contra la igual dignidad de todos los humanos. Hecha con amor fraterno eleva al dador y al receptor. Los grupos de mendigos en las puertas de las iglesias son una lacra en el cuerpo de la Iglesia.

Estas son las grandes líneas directrices para entender y vivir la eclesialidad de los cristianos.