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Octubre del 2007

De prestago

Por Sarri - 30 de Octubre, 2007, 17:34, Categoría: General

TRES PULSIONES
 
Tres fuerzas, tres potencias.  Arrogantes seríamos si pretendiésemos que ellas pueden explicar la conducta humana en la Historia.  Pero puede tratarse, sí,  de una primera aproximación para describirla.
Hubo un periodista, y lamento no tener registrado su nombre, que afirmó que los tres peligros, o tentaciones que debe enfrentar todo gobernante son el poder, la riqueza y la mujer.  Quizás poco acertado este término, la mujer. Podemos mejor hablar de lujuria.

Cuando el pueblo de Israel pidió a Dios un rey, como los demás pueblos tenían, la respuesta del Señor advierte sobre lo duro que para el pueblo sería tener un rey, con todas las prerrogativas que  ello implica. Y eso, sin mencionar los excesos que un rey impío podría cometer
.
Los tres primeros reyes de Israel sucumbieron, precisamente, a las tres tentaciones que mencionamos:  Saúl se apegó al poder tan fuertemente, que cuando advirtió que David sería su sucesor, lo persiguió implacablemente.David, a su vez, atraído pecaminosamente por la belleza de la esposa del guerrero Urías, lo envía al frente de batalla, al sitio más peligroso, para que encontrase allí la muerte.El tercer rey de Israel fue Salomón.  Hombre sabio, pero pronto comenzó a amar más a las  riquezas que a la sabiduría.  Con habilidad de comerciante, y con una exagerada carga impositiva a su pueblo, hizo de su Reino un centro de riquezas fabulosas, envidia de otros pueblos.  La presión sobre su gente, sin embargo, fue tan fuerte e injusta que el descontento significó el germen  de la separación de los pueblos del norte, que ocurrió  a su muerte.
 
En los votos monacales encontramos un curioso paralelo con lo que venimos diciendo.  En efecto, los monjes renuncian a las tres  pulsiones, con sus votos de pobreza (frente a la riqueza), la obediencia (al poder), y la castidad  (lujuria). En el matrimonio, nos comprometemos a dar buen uso a esas tres pulsiones.  O, como dije alguna vez (¿recuerdan a "El Civitita"?), el matrimonio renuncia a esos tres votos.  Y si el hombre aprende a conducir, a manejar esas pulsiones aprende a conducir la Historia hacia el Reino.

Pero no: la Historia muestra que el Hombre siempre sucumbió a estas tentaciones, especialmente desde el poder.  Por lo menos a las riquezas y al poder.  La lujuria es quizás un caso especial. Primero porque suele ser más oculta, menos manifiesta.  Y segundo, porque es una deformación de una herramienta muy noble: el amor.

Con el Amor se encontraría la salvación de la humanidad.  Pero se disfraza de lujuria.  En verdad la lujuria es una fuerza que actúa negativamente, por oposición, que intenta cortar el paso al Amor.  Las otras dos pulsiones actúan, por así decirlo, con una acción positiva, destruyendo el camino hacia el Reino o construyendo el antirreino.
La historia del la Humanidad muestra un desalentador espectáculo de lucha, sangre y muerte.  Quizás con una lucecita que se enciende circa 1500, con la aparición del Humanismo, la Reforma y el Renacimiento.  Una oportunidad, quizás, que parece luego frustrarse.

Siguiendo hasta la actualidad, se exacerban la concentración del poder y de la riqueza.  Cada vez menos poderosos poderosísimos, y menos ricos, pero riquísimos.   Un movimiento de concentración y exclusivismo.

¿Y la lujuria?  Por el contrario, la lujuria se distribuye.  Parecería que se intenta difundirla entre el común de los hombres, para aquietar al Amor, que sería la única fuerza que puede salvarnos.
 
Todos los adelantos tecnológicos son explotados en ese mismo sentido de concentración del poder y la riqueza.  Los medios de comunicación.  La publicidad.   El ocio.  Las artes.  La política.  La religión.  Lo bello,  lo bueno y la verdad, todo se manipula en la actual estructura perversa.
Tendríamos que oponerle Humanismo:  filosófico y político (Maritain, por ejemplo)  y religioso (Jesús).

Centrar todo en el hombre… y amarlo. ¿Seremos capaces de confiar simplemente en el Amor como la fuerza que nos salve?  ¿O sucumbiremos a la excusa de usar el poder y la riqueza para apoyarlo en su vertiente política?

De mi amigo Ariel N. Santanera

Vestido de ajeno

Por Sarri - 27 de Octubre, 2007, 10:23, Categoría: Doctrinal

¿Qué es el cielo?


(De Fausto A, Ramirez)

La pregunta acerca del cielo surge desde la argumentación de que hay otra vida después de la muerte. Pero, mantener esta separación entre la vida terrenal y la vida del más allá es un error de planteamiento.

El cielo cristiano sólo se puede comprender como la culminación o la plenitud y perfección de una sola vida, la que todos conocemos en este mundo.

No hay dos vidas, ni dos mundos separados por la linde de la muerte física. Cuando Dios crea al hombre le ofrece la vida y sólo eso, es decir su vida, la de Dios mismo. Dios quiere compartir su vida con el hombre, y se la ofrece gratuitamente.

Pero no es un regalo para las postrimerías, es un presente para el hoy de cada hombre. En realidad, no hay nada que esperar para saborear el regalo de la vida de Dios, porque ya le ha sido entregado al hombre desde el primer instante de su creación.

Pensar en el cielo como en una recompensa o un premio a los méritos conseguidos en esta vida, deja a Dios en muy mala posición. La vida no es un concurso, ni una carrera de obstáculos que se deben superar al hilo de los días.

Aquí no hay ganadores ni perdedores. El cielo se le ofrece al hombre desde el primer instante de su nacimiento, y mucho menos es una cuenta hacia atrás, esperando el final de cada historia personal para conseguir la promesa última.

En otras palabras, el cielo está aquí y ahora, en la vida personal de cada hombre, lo sepa o no. Cuando murió Jesús, todos sabían que resucitaría, pero al final de los tiempos, como era normal en la fe de los judíos.

La gran novedad y la sorpresa para todos fue que la resurrección de Jesús aconteciera en el aquí y el ahora del tiempo histórico. De ahí la sorpresa y la incredulidad de tantos.

¿Qué sentido tuvo la resurrección en el presente de Jesús? Precisamente, traer a esta vida la realización de lo que hasta ese momento se creía como algo destinado para el final de los tiempos.

Con la resurrección de Jesús, el cielo como una realidad escatológica se difumina y empieza a ser comprendida y vivida como un regalo de Dios para la vida temporal de todo hombre.

Ya no hay nada que esperar, ni que conseguir, ni por lo que luchar, porque los últimos tiempos se han convertido en los tiempos de ahora, en cualquier momento de la historia espacio-temporal.

Cuando esto se ha comprendido, entonces la vida del hombre adquiere todo su sentido y la felicidad no es algo puntual o pasajero. La felicidad, vista con los ojos de la fe, es algo ya realizado y puesto al alcance de la mano de cualquiera.

Si ya lo tenemos todo, sólo hay que dejarse llevar por la presencia del Misterio de Dios que lo invade todo y es capaz de colmar al hombre de esperanza, alegría y felicidad.

¿Entonces, después de la muerte que hay? Pues más de lo mismo. Es decir, la plenitud de lo que en este mundo ya se ha realizado por anticipado. Darle sentido a esta vida porque después habrá otra mejor, es una falacia.

Si esta vida no tiene sentido para el hombre, entonces, después de la muerte tampoco habrá sentido en seguir viviendo.

La muerte no es una ruptura, sino una continuación a lo que en el tiempo histórico se ha iniciado. En este mundo la felicidad es posible y eso ya es el cielo. El cielo no se gana, se disfruta en el día a día de cada hombre.

Llegar a experimentar esto supone un cambio de mentalidad que pasa necesariamente por una transformación del corazón en uno mucho más gratuito y generoso.

Dios no es una conquista, es una propuesta gratuita y sin condiciones. Y si Dios no le pone condiciones al hombre, ¿por qué se las ponemos a Él?

Por la resurrección de Jesús, el cielo ya está aquí. ¿A qué estamos esperando para disfrutarlo? Quien espera a la muerte para ir al cielo, es que no se ha enterado de nada del mensaje del Evangelio, y se convierte aquí y ahora en un infeliz.

Si no somos felices es porque no queremos, porque Dios ha puesto a nuestro alcance todos los medios para serlo y hacer ya la experiencia del cielo que tan maravillosamente ha irrumpido en la historia del hombre.

Denominaciones

Por Sarri - 15 de Octubre, 2007, 17:58, Categoría: General

SALVACION O LIBERACION

 

En realidad estamos ante dos sinónimos, uno más conservador y otro más moderno; porque, cuando las palabras se gastan, hay que buscar otras que tengan tanto impacto como las originales para conservar el contenido del mensaje.

La revelación empieza con la salida de Egipto. Entra los hebreos esclavos surge Moisés, hebreo educado en la corte faraónica, que por defender a sus hermanos tiene que huir al desierto. Allá se le revela Yahwé y le ordena liberar a los hebreos de la tiranía egipcia porque ha visto su sufrimiento y quiere llevarlos a la tierra de salvación.

Convenir la liberación con el Faraón y con su corte resulta obra de titanes, pero después de muchas plagas que Yahwé envía para aplacar el corazón del Faraón, después del exterminio de los primogénitos egipcios, logran por fin la autorización para adorar a su Dios en el desierto. El éxodo arranca a orillas del mar rojo que los israelitas cruzaron a pié enjuto y en el que los egipcios se ahogaron.

Tras cuarenta años de vagar por el desierto, tras muchas vicisitudes y altibajos en la confianza y fidelidad del nuevo pueblo a Yahwé, Josué, el nuevo líder de Israel, ingresa victorioso en la Tierra Prometida. Moisés, agónico, contempla la entrada triunfal y sostiene el coraje de los suyos orando con los brazos en cruz.

La Salida de Egipto queda como la gran gesta de Dios que salva y libera al pueblo. Los profetas la recordarán para levantar el ánimo del pueblo y hacerle volver a la fidelidad de Yahwé. Para subrayar que las promesas de mejor vida se cumplen en Cristo, el Evangelio dice que Dios llamó a su Hijo de Egipto.

Prescindiendo del rigor histórico moderno, la historia de Israel (y luego la de la Iglesia) se narra con grandes y elásticas imágenes que abundan en los salmos y demás libros del Antiguo Testamento. Ahí están las lamentaciones en el sufrimiento, los himnos de alabanza y gratitud por las intervenciones divinas, las prevaricaciones de los malvados que no tendrán futuro y muchas más,

Pero entre todas las intervenciones divinas destaca y prima la liberación de la opresión egipcia que brilla como el faro en el cerro para guiar a los que bregan contra las olas de la incredulidad y volverlos al puerto de la confianza y la fidelidad. En escala mayor o menor la historia de la salvación está marcada por las anfractuosidades de la arrogancia humana y de la confianza en la providencia divina.

Al lector de las sagradas escrituras el detallismo le hace perder el rumbo, enredándolo en problemas ociosos. Ambos testamentos atestiguan que Dios quiere salvar a los hombres de la muerte y cuentan cómo actúa sin violar la libertad con que los dotó. Quien busque este mensaje de salvación lo encontrará y quien busque otra cosa también la encontrará pero en el sufrimiento y en la muerte.

Hoy se busca rescatar la fuerza del concepto «salvación», palabra desgastada por usos impropios, con el término de «liberación». De hecho dicen lo mismo pero no siempre se entienden, responsablemente, como la acción creadora, redentora y santificadora de Dios en medio de nosotros.

Raíces

Por Sarri - 10 de Octubre, 2007, 16:06, Categoría: General

ESPIRITU

 

El Creador formó al Hombre de la tierra y le insufló su Espíritu. El Hombre remata la obra creadora del  Mundo. Es creado varón y mujer e invitado a reproducirse hasta llenar la tierra. Para eso debe cuidar la tierra y, sobre todo, la vida de la tierra, la vida vegetal, animal y la propia. El cuidado o descuido que ejerza configurará la Historia.

El mundo, la totalidad del Universo, es Naturaleza. Tiene sus escalafones desde la materia inerte hasta la dinámica de las estrellas y los átomos. La materia se hace viva en los musgos y en los árboles, en las amebas y en los mamuts, en los cromosomas y en los instintos. Ahí llega un punto, un punto de madurez, en que la naturaleza  empieza a germinar la culturalaza, la historia humana por obra del espíritu.

Este esbozo evolutivo es efecto de perspectivas científicas. El Génesis, antes de que naciera la ciencia, trata el mismo tema desde la perspectiva del mito y la poesía. Son dos maneras de mirar la misma realidad, porque tanto la poesía como la ciencia son culturalaza, opciones que la humanidad toma  para conocer la Realidad.

La bisagra entre naturaleza y culturalaza es el espíritu. El espíritu aguza la inteligencia y fortifica la voluntad, facultades de las que carecen los simples animales que se rigen por el impulso de los instintos. Lo importante en estas cuestiones es que el espíritu es infundido directamente por Dios haciéndonos, así, sus semejantes.

Pero se trata del espíritu divino, del Espíritu Santo, infundido en nuestros cuerpos humanos. Al principio, cuenta el Génesis, el Espíritu aleteaba sobre el caos, como águila que empolla los huevos del nido, como huracán que remueve las aguas primitivas, como creador, en suma, del orden y la belleza del mundo. Y al final, el soplo de Dios hincha los pulmones del Hombre recién creado para encaminarlo por las vías del Amor.

El espíritu es libertad: libertad de la Libertad! El Espíritu sacude el espíritu de los profetas para que guíen al pueblo por los caminos del Amor. El Espíritu se revela en Jesucristo y es prometido a sus seguidores para que cumplan la misión del Amor hasta la culminación de la Historia. El Espíritu de Dios aletea constantemente sobre el mundo y la historia, desde el principio hasta el fin. El es la Gracia Santificante que nunca nos abandona  y que siempre nos invita a que nos amemos todos como Cristo nos amó.

La espiritualidad, la humana y la cristiana, es vivir de acuerdo con las inspiraciones del Espíritu Santo. En libertad responsable y en comunidad de mutuo servicio amoroso. Ahora vemos, si sabemos mirar, como de la naturaleza brota la culturalaza. Luego veremos que la Natura ha producido la Cultura: que Todo desde el Espíritu es Amor, Libertad y Felicidad.

Esta es la esperanza cristiana, testimoniable con dichos y con hechos concretos.