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Julio del 2007

Organización

Por Sarri - 20 de Julio, 2007, 18:56, Categoría: General

AUTORIDAD Y JERARQUIA

 La palabra “jerarquía” no procede del evangelio sino de la historia eclesiástica. Significa autoridad sagrada y se emplea para distinguirla de la autoridad civil o profana. Históricamente, en especial a partir del siglo V, marca la competencia entre las dos autoridades. El primer concilio ecuménico, el de Nicea, fue convocado por el emperador romano Constantino, a quien más de un obispo consideró el salvador de la iglesia. Ahí comienza el cesaropapismo, la ingerencia  del poder civil en asuntos religiosos.

El cesaropapismo obra con más vigencia en Oriente que en Occidente, donde la autoridad monarco-romana lucha para liberarse de las intervenciones de reyes y emperadores en las cuestiones religiosas. Carlomagno convirtió a los francos por decreto a la fe católica y donó a la iglesia de Roma los terrenos que, después, formarían los Estados Pontificios. Con Constantino en Oriente y Carlomagno en Occidente se inicia una época, llamada cristiandad, que todavía perdura y que de, alguna manera, mantiene confusas las competencias de la autoridad civil y religiosa.

A partir de la constitución de los Estados Unidos de América empieza a entrar en vigor legal la separación de la Iglesia y del Estado, muy resistida por los tradicionalistas europeos. Hoy, aunque con menos virulencia, la tensión se da entre los legalistas del Derecho y los canonistas de la Iglesia.

El evangelio de Lucas (XXII, 24-27) dice: «Y surgió una discusión sobre quién debía ser considerado como el más grande. Jesús les dijo: “Los reyes de las naciones dominan sobre ellas y los que ejercen el poder sobre el pueblo se hacen llamar bienhechores. Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que es más grande que se comporte como el menor, y el que gobierna como un servidor. Porque, quién es más grande, el que está a la mesa o el que sirve? No es acaso el que está a la mesa? Y sin embargo, yo estoy entre ustedes como el que sirve”.»

Últimamente, el concilio Vaticano I exaltó la autoridad del papa y el Vaticano II trató de equilibrar la balanza subrayando la función de la colegialidad episcopal y de la sacerdotal de los laicos y sus carismas, así como buscó morigerar el autoritarismo abogando por el diálogo dentro y fuera de la iglesia. La diaconía (autoridad servicial) podría mejorar las relaciones entre autoridades y fieles en la iglesia, pero el peso de luchas seculares por el prestigio y el poder hacen olvidar los dictados, mucho más originales, del Evangelio.

En la edad media san Francisco abogó por la pobreza como virtud olvidada del evangelio y no tuvo demasiado éxito. Ahora los partidarios de la teología de la liberación reclaman la opción preferencial por los pobres. Ambición de poder y codicia de dinero parece que siempre tientan a los gobernantes civiles y a los jerarcas eclesiásticos.

Cuanto tiempo tardaremos en abandonar dogmatismos obsoletos, volver al Evangelio y limpiar los comportamientos de tradiciones contrarias a las enseñanzas de Jesucristo? En los próximos veinte siglos recargaremos las conductas con oportunismos anticristianos o nos purificaremos más evangélicamente? Porque la asistencia del Espíritu Santo no nos impedirá hacer lo que queramos, nos invitará al arrepentimiento pero ni violará ni forzará nuestra libertad de la que daremos cuenta el último día, tanto si somos papas o emperadores o barrenderos.

Decisiones

Por Sarri - 4 de Julio, 2007, 18:43, Categoría: General

LA VIDA

    Un árbol, un caballo y un hombre son seres vivos, tienen vida pero la tienen de una forma muy diferente. El árbol nace, crece, florece y fructifica. El animal también pero tiene desplazamientos propios para buscar el alimento que es la fuente de su energía vital. El humano tiene todas las características de la planta y del animal pero piensa y decide. He ahí las grandes diferencias de la vida que puebla nuestro planeta.
    Jesús nos dice que ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia. La vida tiene tres niveles: la vegetal que madura, la animal que siente y la humana que mejora o empeora según lo que los mismos hombres decidan. Jesús nos dice que la vida mejora como el trigo que crece y que empeora como la cizaña que adultera la siembra del labrador; el trigo lo ha sembrado el Padre, la cizaña la ha implantado el Enemigo durante la oscuridad de la noche.
    Ser bueno o ser malo es algo exclusivamente humano. No hay mal tiempo a pesar de los truenos y las inundaciones. No hay plantas malas a pesar de los venenos que matan. No hay animales malos a pesar de las hienas y los alacranes Hay hombres malos cuando en medio del trigo siembran cizaña. Cuando en medio de sus decisiones constructivas siembran intenciones aviesas y en la vida familiar y social instilan odios y rencores que llevan a las peleas y a las guerras, a la destrucción y a la muerte.
    "Te he dado a elegir entre la vida y la muerte", dice el Señor a Moisés; y esa elección es válida para todo hombre que piensa y decide. No podemos elegir ni la hora del nacimiento ni el momento de la muerte, pero todos podemos y debemos elegir el destino de nuestra existencia, la meta final de nuestras vivencias. Nacemos y morimos por voluntad de Otro pero por voluntad propia decidimos perdurar en la vida o en la muerte, como el trigo que va al granero y la cizaña que se tira al fuego.
    Nuestra vida, la que sentimos y conocemos, es efímera: ¡brotamos del polvo y volvemos al polvo! Todos los antepasados (incluidos animales y plantas) duermen en el polvo de los cementerios y ahí dormirán nuestros descendientes. Sólo los que eligieron y amaron la vida resucitarán y despertarán a la vida eterna como hijos de Dios Padre por los siglos de los siglos, por el siempre intemporal de la perpetuidad. Los otros, los que no creyeron en la vida ni la amaron, permanecerán en el olvido total de la inexistencia.
    Aunque nos tiñamos el pelo y nos pintemos la piel no podemos decidir el ser rubios o morochos. Pero, en medio de tanto artilugio, somos en el universo los únicos que decidimos de nuestra vida. ¡Decidir es nuestro privilegio y responsabilidad! No podemos hacernos más inteligentes de lo que somos, pero podemos salvar nuestra inteligencia de la aniquilación. Y eso es lo que estamos haciendo con la escritura y la lectura misma de estas líneas. Estamos decidiendo ya el valor de nuestras decisiones.
    Nos conviene tomar más en serio la trascendencia de lo que estamos haciendo. Lo que hacemos acá en la tierra repercute en lo que seremos allá en el misterio de la eternidad. Ningún codicioso desperdiciaría la oportunidad de, sembrando una moneda, cosechar una millonada. Sin embargo, a cada momento estamos sembrando la eternidad, mala o buena, y nos quedamos tan campantes como si no pasara nada.
    Amemos el don de la vida y demos gracias por ella cada día que amanece para vivir la felicidad que nunca anochecerá. ¡No seamos ni tontos ni malos!