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Mayo del 2007

Implicaciones

Por Sarri - 30 de Mayo, 2007, 13:53, Categoría: General

ETHOS Y PATHOS

 

No son dos personajes míticos sino dos raíces verbales griegas de las que se derivan la ética y la empatía. Es cuestión de etimología, pero que implica serios problemas de comportamiento humano. Por ejemplo, la falsa distinción entre ética racional y ética cristiana; o la discutible bifurcación de la empatía en simpatía y antipatía. De esto vamos a tratar, hoy, en este artículo.

La ética es la moral, es decir, los principios de acción que nos dicta la conciencia. Básicamente es racional y no necesita apostillas provenientes de ninguna inducción exógena; tan es así que podemos tranquilamente decir que no existe ética ni cristiana, ni budista, ni burguesa, ni comunista. Pero, como la racionalidad humana nunca es perfecta, tropezamos con racionalizaciones que quieren incorporar y configurar la ética a sus preferencias.

Vayamos a la ética cristiana. El ser cristiana le hace entrar en el contexto de la vida cristiana sin aportarle nada nuevo, pero pudiendo purificarla de muchas excrecencias y racionalizaciones que el uso le ha ido imponiendo. Cierto que los cristianos, en su empeño de hacerla cristiana, también suelen añadirle demandas que no tiene; por ejemplo, escuchar misa no es ético, pero escucharla con devoción sí; ético es hacer bien lo que se hace, pero no es ético hacer lo que se hace.

Para detectar la influencia de la vida cristiana en la ética profana conviene observarla desde el pathos más que desde el ethos. El ethos indica el camino a seguir, el pathos la resistencia que la realidad ofrece al caminar. La empatía común, tanto la burguesa como la comunista, suele avalar lo simpático (lo gustoso) y rechazar lo antipático (lo desagradable): crítica actitud que en la sociedad lleva al individualismo y a la prepotencia de los fuertes contra los débiles. Aquí es donde el sentido cristiano puede ir limando el hedonismo que corroe las vivencias éticas de nuestras culturas, pero conservando la ética en su propia autonomía.

El hecho de filtrar lo antipático para quedarse con lo simpático es común a todos los humanos, sean cristianos o no. Porque una cosa es ser cristiano y otra (a veces radicalmente diferente) decirse cristiano. En abstracto la ética implica la superación de lo antipático, pero los hechos concretos la contradicen. Si los hombres fuéramos realmente éticos habría debates, pero no habría ni peleas ni guerras. Los cristianos que siguen las enseñanzas de los evangelios (los santos) bregan por erradicar el individualismo, el autoritarismo, la prepotencia, el terrorismo y todos los crímenes que de ahí se derivan y, con eso, sitúan la ética en su propia esfera, sin manipularla ni degenerarla.

La forma más común, y eficaz, de trastornar y enturbiar la ética es hacerla propia y domesticarla para que avale lo que nos gusta y repruebe lo que nos disgusta. Pero como no a todos nos gustan ni nos disgustan las mismas cosas, ahí surge la fuente de todos los desentendimientos, sean comerciales o estéticos, políticos o religiosos, masculinos o femeninos, con un largo etcétera antagónico.

Recordemos, pues, que el ethos incluye el pathos y que en el pathos es cuestión de avalar lo simpático sin excluir el esfuerzo que demanda la superación de lo antipático.       

Generalidades

Por Sarri - 3 de Mayo, 2007, 17:58, Categoría: General

IDOLATRÍA

    La idolatría es el pecado contra el primer mandamiento que es «amar a Dios sobre todas las cosas». Es el pecado que constantemente denunciaron los profetas de Israel. Es el pecado que hoy, por dejarlo caer en el olvido, nos hace perder el sentido de pecado. Siempre que algo -sea el dinero, la salud o el honor- eclipsa el amor a Dios y se vuelve preferencial en nuestras estimaciones, pecamos por idolatría. Si la sociedad anda mal es porque la idolatría campea en todos sus estratos. Y digo en todos porque si hubiera alguno libre de idolatría convertiría el mundo a pasos agigantados.

    Si, al pensar en la idolatría, sólo pensamos en los goges y magoges de la antigüedad o en los budas que destruyeron los talibanes, nos engañamos ladinamente. Esas serán las expresiones más groseras pero, actualmente, las menos peligrosas. El verdadero peligro yace en nuestras preferencias, en aquellas cosas que valoramos por sobre todas las cosas y que ocupan nuestros pensamientos y deseos durante todo el día; cuanto más triviales sean más desapercibidas pasan v. gr. el peinado, el halago, el copetín, el fútbol, el clima, la política, el horóscopo, etc. etc. Todo aquello, grande o chico, que nuble nuestro pensamiento y deseo de Dios por encima de todo es idolatría.

    ¿Que no se puede estar todo el tiempo pensando en Dios? Ni falta que hace.
Pero sí se puede vivir con la preocupación constante de ennoblecer nuestros actos, de controlar nuestros deseos y de enderezar nuestros pensamientos. Eso sí que se puede y, sin embargo, no lo hacemos y esta desidia es la que nos hunde en la mediocridad y la idolatría. Si nuestras preocupaciones éticas y religiosas nos acuciaran un poco más que las preocupaciones por la carestía de la vida, abandonaríamos la idolatría capitalista y regeneraríamos la sociedad en que vivimos.

    Estamos tratando de la conversión del corazón y de la salud personal. Pensar y querer es lo que nos distingue de los animales y lo que nos eleva a la categoría de personas. El pensamiento vive de la verdad y no de las combinaciones inteligentes para seducir y dominar al prójimo. Pero la voluntad vive del amor al bien, al bien de todos que es lo que Dios quiere y es lo que nos lleva a amarlo a Él sobre todas las cosas.

    Si tuviéramos el coraje de etiquetar la mayoría de nuestras acciones e ilusiones como idolátricas, tal vez nos resultaría más fácil salir de nuestra vulgaridad y encaminarnos a metas de mayor dignidad personal. Pero no queremos y, para ocultar esta mala (?) voluntad, consideramos que la idolatría es algo de tiempos idos, manías de cananeos y sodomitas o ritualismos de tribus primitivas del África. ¡Y pensar que los pueblos atrasados sufren la pobreza por la falta de solidaridad de quienes podrían ayudarlos!

    El asesinato, los robos, las violaciones y el consumo de drogas son meras consecuencias de la idolatría. Si queremos mejorar un poco nuestra convivencia, olvidémonos de los discursos pomposos y dediquémonos a limpiar nuestro huerto interior de la basura y maleza que lo puebla.

    Terminemos de culpar a los demás de nuestras desgracias, hagámonos un poco más humildes, más sobrios y más amables. Primero en nuestras familias, luego en la vecindad, en el trabajo y en la ciudad, sin olvidarnos de sembrar más confraternidad y alegría en nuestras celebraciones parroquiales.

    No nos quepa ninguna duda que así, limpios de idolatrías, el primer mandamiento de la ley de Dios volverá a ser el primero, el más importante, el que cobija en su seno todas las virtudes que nos hacen ser personas más sanas y constructivas.