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Enero del 2007

Generalidades

Por Sarri - 6 de Enero, 2007, 8:53, Categoría: General

 

ANAKEPHALAIOSIS

 

¡Lindo nombre! Lo usa san Pablo para referirse al anonadamiento y glorificación de la Encarnación. A nosotros nos puede servir para meditar el misterio del Verbo hecho carne en el tiempo de Adviento y Navidad. La meditación de los misterios cristianos debe hacerse en oración, pidiéndole a Dios la luz y el vigor necesarios que alimentan nuestra fe. Se habla de contemplación y de interiorización pero todas son expresiones pobres de significación, porque nuestro lenguaje no tiene ni puede tener palabras que digan algo adecuado de los misterios.

 

Jesucristo recapitula, anakephalaiosis, la creación, la redención y la justificación del hombre. En Él somos, nos salvamos y nos santificamos todos los hombres, desde Adán hasta la última generación planetaria. Decimos «en Él». Con esta expresión, también favorita de san Pablo, queremos dar a entender la comunión y la identidad de vida del cristiano con Cristo. Imaginemos una esfera: tiene centro, periferia y redondez; observen que ninguna de las partes puede separarse de las otras dos; no hay periferia sin centro ni centro sin periferia y sin redondez (equidistancia del centro) ni siquiera hay esfera. Tomando el símil como referencia, podríamos decir que Cristo es el centro, los cristianos la periferia y la redondez la vida cristiana.

 

En Adviento meditamos la salvación cuya promesa termina con Juan el Bautista y cuya realización empieza con la Virgen María, Madre de Jesús. Es una larga historia que empieza con el principio del mundo y termina con su fin. En la eternidad no tiene tiempo y en el tiempo no tiene medida. Hay un proceso de intensificación hasta llegar a la concepción humano-divina de Jesús el Cristo, el Verbo hecho Carne, la Palabra de Dios hecha Hombre. Nunca lo meditaremos suficiente. Nunca oraremos con la limpieza de intención requerida. Pero hemos de consagrar a ello todas las luces de nuestra mente, todas las fuerzas de nuestro corazón y toda la vitalidad de nuestra existencia.

 

En Navidad celebramos el nacimiento de Jesús y la afluencia de todas las naciones, representadas por los pastores y por los sabios, que vienen a adorarlo. Jesús es el centro, gobernantes y gobernados forman la periferia postrados y asombrados, conformando entre todos la rotundez del Universo creado por Dios. Que la ternura franciscana de contemplar al Niño Jesús en el pesebre con María y José, con el burro y la vaca,  no nos haga perder de vista la anakephalaiosis del momento, del momento temporal y eterno en que la Gracia sobrenatural, traspasando nuestra naturaleza, nos centra como hijos en el Hijo de Dios.

 

Con el rodar de los años, el ciclo litúrgico celebra la aparición y la desaparición, el nacimiento y la resurrección, el dolor y la gloria de Cristo entre nosotros. Centrados en Cristo estamos llamados a pulir la redondez de nuestras vidas para que su brillo llegue hasta los confines de la tierra, menester que llamamos apostolado cuya alma invisible es el mismo Espíritu de Cristo que nos acompaña desde la eternidad hasta el fin de los tiempos.

 

No nos conformemos con el turrón y la sidra, con la música y la danza, con los regalos, los abrazos y los buenos deseos. Sean ellos anticipo o expresión de la alegría interior que nos invade al sabernos creados por Dios, redimidos por Cristo y justificados por su Espíritu. Como estrellita en la nebulosa vivamos todos los días de nuestra vida y todas las horas de nuestros días con el recuerdo y la gratitud de ser parte de la anakefalaiosis cristiana.