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Agosto del 2006

DERIVACIONES

Por Sarri - 29 de Agosto, 2006, 11:48, Categoría: General

LOS POBRES

 

Durante mucho tiempo a los pobres se les pidió resignación sin que nadie, salvo algunos santos, se ocupara de mejorarles la situación. Hoy se han constituido en la opción preferencial del apostolado, bien a contramano de la cultura vigente y, si no, observemos las reacciones del mundo capitalista.

 

El Evangelio declara felices a los pobres pero hay muy pocos que gocen de la dicha de la pobreza y menos aun los que voluntariamente busquen la felicidad en la pobreza, ni siquiera los franciscanos. Casi siempre se recurre a la “pobreza de espíritu” para justificar la posesión y el uso de riquezas por encima de lo necesario. Nada digamos de las discusiones que se provocan para definir quiénes son realmente pobres y en qué consiste la pobreza de espíritu.

 

Pobre es el que todo lo espera de Dios y nada de sí mismo. La esperanza sí que es una virtud del espíritu. Quien espera la felicidad del dinero -lo tenga o no lo tenga- no es pobre según el Evangelio; lo mismo digamos de quienes esperan del éxito profesional, de los sobornos políticos o de cualquier otra triquiñuela individual. La esperanza del pobre está en la bondad de Dios y en nada más.

 

Aquí salta el problema. Los pobres, los evangélicamente pobres, no son reconocidos; según nuestros censos podríamos decir que no existen. Sin embargo, Jesús dice: «a los pobres siempre los tendrán con ustedes» y se lo dice a Judas que simuló escandalizarse por el derroche y pretendió ayudar a los pobres; ¿a qué pobres? podríamos preguntarnos cínicamente. Los pobres están en medio de nosotros pero son invisibles a los ojos de la gente. ¿Dónde están, dónde viven los pobres? ¿Quiénes son pobres?

 

Sigamos con la encuesta y démosle vuelta a nuestra investigación. Pobre es aquel que es capaz de dar y compartir no solo lo que le sobra sino lo que necesita. En cuyo caso los económica o afectivamente necesitados se convierten en la oportunidad providencial para que nosotros nos hagamos pobres dando y compartiendo lo que tenemos: el dinero, la comida, el vestido o, simplemente, la amabilidad.

 

Ser pobre no es cuestión ni de leyes ni de definiciones. Pobre es el que atiende a los necesitados de dinero, de justicia o de reconocimiento personal. Ser pobre es una actitud vital espontánea que no calcula sobre sus propios intereses. ¿Dónde están esos pobres? ¡Están entre nosotros! ¿Son felices? ¡Por supuesto que sí!

 

Si no los vemos o no los reconocemos es porque juzgamos con criterios meramente naturales. El día en que empecemos a juzgar con criterios sobrenaturales, cuando nos decidamos por la “opción preferencial”, descubriremos cuán pobres somos todos: nosotros y los otros. Y descubriremos, de yapa, cuán felices somos.

 

Debemos favorecer las grandes campañas, tales como las de Cáritas y los comedores parroquiales, pero de poco sirve todo eso si no ponemos nuestra esperanza en sólo Dios. El pobre que nos llama a ser pobres, el pobre que nos llama a ser felices, el pobre entre los pobres es Cristo Jesús. Vivir como Él, vivir de su Espíritu que constantemente nos envía, es vivir en pobreza. Abandonados, si fuere preciso, por los amigos y por aquellos a quienes hemos favorecido. Ser pobres aunque nos crucifiquen... y perdonar. Y, de últimas, entregar el propio espíritu en las manos del Padre.

 

Pobreza de espíritu es disposición elemental de renunciar a todos los bienes caducos y efímeros de la vida para sentirnos libres de aspirar a la eterna bienaventuranza que el Evangelio promete a los pobres. He ahí la pobreza, he ahí la felicidad.

 

La pobreza económica, cuando es extrema, puede llevar a la desesperación y no cabe duda que hemos de remediarla para rescatar la esperanza. No podemos cerrar los ojos y sentarnos tranquilamente a la mesa cuando cerca de nosotros hay quien se muere de hambre. «Tuve hambre y no me dieron de comer» nos dirá Cristo en el Día del Juicio. Es entonces cuando veremos con toda claridad quién es el pobre que nos llama a ser pobres. Que no sea, entonces, demasiado tarde para decidirnos a abrazar la santa pobreza.

 

FUNDAMENTOS

Por Sarri - 23 de Agosto, 2006, 14:59, Categoría: General

RESURRECCIÓN

 

 

La vida antes de la muerte es potencial, después de la muerte es real. Como la semilla es potencia del fruto. Esta vida -la que ahora experimentamos- es un camino a cuyo término se verá el resultado de nuestra opción por la felicidad. El que opta por la felicidad pasajera la pierde, el que opta por la felicidad imperecedera la consigue. La felicidad es una opción personal y es la única opción valedera de la vida. Dios se hizo hombre para mostrarnos cómo se realiza esta opción.

 

Dios nos estimula constantemente por medio de su gracia a la felicidad. Satanás también nos estimula denodadamente por medio de sus tentaciones a la felicidad, pero a la felicidad temporal que fenece. Dejarse impulsar por la gracia divina y resistir la tentación diabólica es el arte de la vida cristiana.

 

Toda la existencia de Cristo es ser la antítesis de Satanás. Lo vemos en las tentaciones gastronómicas, alardeantes  y ambiciosas del desierto. Lo vemos cuando decide ir a Jerusalem a confrontar la pasión y la muerte y descubre en Pedro que lo quiere disuadir a Satanás, el enemigo persistente y siempre al acecho.

 

La resurrección del muerto es el milagro de los milagros. Es la victoria de Cristo y el fracaso de Satanás. Es lo único que cuenta al final de los tiempos. Siendo el misterio de los misterios, poco importa la idea que nos hagamos o la novela que nos formemos del cielo y del infierno. Basta creer a la palabra reveladora de Dios y de su Hijo Jesús.

 

Quien cree que Cristo es la resurrección y la vida resucitará el último día para no morir jamás. Quien cree que es mejor un plato de lentejas irá al fuego eterno y allá será el rechinar de dientes. Ambas imágenes, la buena y la mala, son imágenes que nos permiten presentir algo de este misterio insondable y tomar la decisión, la opción, por la vida o por la muerte. Así de simple y así de definitivo.

 

La liturgia no es más que el engarce de esta perla preciosa, la resurrección, este tesoro cuyo descubrimiento nos lleva al menosprecio de todo otro valor cuyo espejismo pugna por engañarnos y condenarnos. La eucaristía celebra el pan vivo bajado de los cielos, si bien figurado en el pan que fabrican nuestros artesanos. La liturgia eucarística de la misa es el himno triunfal de los cristianos que se identifican con Cristo victorioso.

 

Como el cerebro es la fuente de todos los movimientos de nuestro cuerpo, así la resurrección debe ser el alma de todos los sentimientos y todas las acciones de nuestra vida. El cristiano que reconoce en Cristo a Dios encarnado vive con la esperanza incuestionable de la resurrección venidera y, cuando esta certidumbre tambalea, la vida cristiana pierde su empuje evangélico y apostólico, y la iglesia pasa a ser una mera sociedad tan discutida como cualquier otra, tan sospechada y manipulada como un emporio capitalista.

 

Ello  tiene un precio: ¡la pasión y la muerte! No se trata de sufrimiento infligido masoquistamente. Se trata de aceptar las penalidades del camino que lleva a la meta. Nadie nunca ha sufrido lo que Cristo por defender su verdad y nadie nunca, ni los santos más santos, han aceptado tan libre y valerosamente su pasión y su muerte. Porque Cristo, además de ser la Verdad y la Vida, es también el Camino insuperable por el que han de caminar todos aquellos que quieran seguirlo y ser cristianos

DINAMICA

Por Sarri - 14 de Agosto, 2006, 19:20, Categoría: General

SERVICIO

 

¿Qué es más valioso: amar o servir? Para el iluso, amar. Para el realista, servir.  

 

Es tan excelso y sublime el amor que apenas lo vivenciamos si no es en ilusión o en instinto, como los poetas o las madres. Pero es tan excelso que la mayoría se ha creado un sustituto antípoda para calmar su angustia. Por eso los esposos (y los no esposos) dicen “hacer el amor” cuando procrean. Se podrá hacer una casa o una mueca, pero no se puede “hacer” el amor porque no se puede hacer lo que ya existe. ¡Y el Amor existe! Dios es Amor, dice san Juan. Y el gran mandamiento de las tablas mosaicas es Amar a Dios con todo y sobre todo. Pero Cristo acota que amar al prójimo como a sí mismo es tan grande como amar a Dios y que el amor humano se identifica con el amor divino; más precisamente, nos pide que nos amemos como Él nos ama. Y para que no nos perdamos en teorías (teológicas, filosóficas o prostibularias) insiste en la concreción del amor en el servicio mutuo. El amor se vive sirviendo. 

 

Cuando la mujer de Zebedeo intervino ante Jesús para que sus hijos ocuparan los primeros puestos del Reino, los otros diez apóstoles se embroncaron. Jesús, entonces, aclaró las reglas de juego que habían de regir en su Reino. Distinguió netamente entre la actitud de los políticos que usurpan el poder para explotar al pueblo de la conducta que sus discípulos deberían observar entre sí y entre la gente.  

 

Así como Él no vino a ser servido sino a servir, así sus discípulos deberán -si quieren entrar en el Reino- ser servidores unos de otros. Esta lección cobra patética expresión en la Última Cena, cuando Jesús les lava los pies a sus apóstoles. Lavar los pies era el gesto característico del esclavo para con su amo y sus huéspedes.   

 

La poesía será la flor de la belleza, pero segregar el amor de la vida para recluirlo en bellas palabras siempre será una traición al sentido cristiano de la vida. Más cerca del Reino está la madre que, sin saber nada del Evangelio, lucha con todas sus fuerzas para criar y educar a sus hijos. El mero poeta del amor será un engreído que otorga la limosna de sus poemas al primer mandamiento para que los demás vean y alaben su dadivosidad. Pero la madre que nada sabe de teorías y solo entiende de sacrificios por su familia tal vez no sea alabada por su entorno pero será alabada por Dios el día de la Resurrección de los muertos. 

 

Recordemos la carta de san Juan. “En esto hemos conocido el amor, en que Él dio su vida por nosotros y nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos. El que tuviere bienes en este mundo y, viendo a su hermano pasar necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo vivirá en él el amor de Dios? Hijitos, no amemos de palabra y de lengua, sino de obra y de verdad”. Claro, ¿no es cierto? ¿Y por qué, si está tan claro, rehuimos con tanta frecuencia actuar en consecuencia? 

 

Qué bueno sería echar a la basura nuestro palabrerío amoroso y atenernos un poco más a subvenir las necesidades de nuestro entorno. La parroquia da de comer a medio millar de personas. ¿Por qué no a un millar? ¿Por qué no a varios millares? ¿Por qué no invitamos a nuestra mesa a los que tienen hambre?  

 

El abée Pierre, redentor de los basurales de París, rezaba: “Señor, dales pan a los que tienen hambre y hambre a los que tienen pan”. ¿Cuántos de nosotros nos quedamos con hambre porque hemos dado nuestro pan a quien tenía más hambre que nosotros?   

 

ACTUACIONES

Por Sarri - 8 de Agosto, 2006, 16:59, Categoría: General

A PUNTO

 

A punto suelen estar las tartas en el horno y los carburadores en los autos. Estar a punto es estar dispuesto para…lo que sea! Entre cristianos, estamos a punto? Y para qué? Las estadísticas dicen que somos unos mil millones; lo que significa que la sexta parte de la población del mundo es cristiana, o sea, hablando cuantitativamente, el 16.66% más o menos. Por lo mismo, si cada uno de nosotros convirtiera a cinco circunstantes, todos seriamos cristianos.

Si todos fuéramos (o fuésemos) cristianos, seríamos cristianos a punto? Si fuéramos, tal vez; si fuésemos, quizás. El imperfecto de subjuntivo es un juguete gramatical que nos permite jugar con las alternativas, e igual nos permite barajar lo cuantitativo con lo cualitativo. Veamos.

Si todos los cristianos (el 16½%) estuviéramos a punto, a la hora todo el mundo sería cristiano y cristiano a punto. Como ya no tendríamos nada más que hacer, el mundo se acabaría, moriría de inacción. El descubrimiento del paraíso perdido haría que la tierra con sus soles, estrellas y galaxias sobrara en el espacio y se deshiciera en un Big Crush! Todos estaríamos en el cielo desde siempre en simultaneidad feliz, sin espacio y sin tiempo. donde no hay subjuntivo, ni imperfecto ni perfecto, ni futuro ni presente que lo pueda expresar.

Volviendo a las estadísticas, parece que el mundo se está secularizando, es decir, el 87½% muerde sobre el l6½% y lo va carcomiendo hasta reducirlo al 0%. Esta prospectiva estadística contradice al Evangelio, según el cual Cristo está presente en los cristianos y los guiará hasta la consumación de los siglos, hasta que todas las naciones acudan al monte de Sión a adorar al único Dios y Señor.

Quién tiene razón, la ciencia estadística o la voz del evangelio? Por suerte éste es un dilema falso: ambos, desde su punto de vista, tienen razón. Porque la gracia divina, presencia del Espíritu de Cristo entre los cristianos, actúa sobre la libertad humana y espera la respuesta de ésta. La razón tiene razón cuando rechaza el legalismo religioso (incluido el cristiano) pero la verdad evangélica trasciende todo razonamiento cuando promete su asistencia hasta el fin del mundo.

Entretanto no queda otra para los cristianos sino ponerse a punto y esto significa progresar en santidad. Dejar el arreglo del mundo a la Providencia, desentendiéndose de plazos largos o cortos y arreglar la propia vida que es lo único que cuenta (y lo único que, efectivamente, se puede) en este plazo vivencial. Con la certeza, además, que arreglando nuestra vida –poniéndola a punto– arreglamos el mundo.

Santificarse es remar a contracorriente, es hacer frente a la creciente mundanización, afirmando la existencia de Dios y la vocación de felicidad a la que nos convoca. Afirmar vitalmente no es lo mismo que afirmar verbalmente; Ser cristiano a punto, hoy, es atender a los oprimidos y aliviarlos. Así de fácil y así de difícil.

FUERZA CRISTIANA

Por Sarri - 5 de Agosto, 2006, 16:23, Categoría: General

 

ESPERANZA

 

 

 

Todo cuanto existe -galaxias y microbios- existe porque Dios así lo quiere. Él es el sostén existencial del ateo y del pecador al igual que del piadoso y del santo, tanto que conserva la vida del suicida hasta su último aliento. ¿Nos damos cuenta de que siempre estamos dependientes de su querer? ¿De que no vivimos porque queremos vivir sino porque Él nos permite vivir? Dios no se cansa ni puede cansarse ya que no depende de nada que se le pueda resistir. Su simple ser es la fuente de toda existencia.

 

Todo lo que existe, por el solo hecho de existir, irradia su poder, lo mismo la rosa del jardín que la bomba atómica. Querer comprender “cómo” es una pretensión insensata pero tampoco debemos resistirnos al asombro que embarga el corazón. El mundo de la materia (o de la energía) y el mundo del espíritu son dos mundos incompatibles entre sí: una montaña destila la verdad que no tiene y la inteligencia que percibe esa verdad pierde la montaña. Entre la infinidad de mundos posibles, nosotros sólo percibimos el material y el espiritual, percibimos destellos sin llegar a comprenderlos.

 

Dios Creador no tiene, ni puede tener, principio ni fin. Lo creado tiene principio, si no temporal, sí existencial; los ángeles, creados antes de la creación del mundo no tienen principio temporal, porque antes del mundo no hay antes. Por la fe en la palabra revelada tenemos conocimiento de otra vida, de la vida eterna a la que estamos llamados y a la que podemos acceder si es que queremos. El hecho de configurar nuestra vida queriendo nos asemeja a Dios hasta el punto de ser sus hijos y poder llamarlo Padre. Este futuro vital es el alimento de nuestra esperanza.

 

En el bautismo renacemos, sin que cuente el tiempo transcurrido antes o después de su ceremonia. No lo percibimos pero lo creemos. La vida bautismal es la vida de Cristo resucitado de cuya plenitud participa el cristiano. El cristiano de verdad, por supuesto.

 

Porque hay muchos cristianos de falsedad y de mentira y, en alguna medida, todos entramos en esta categoría por lo versátil y frágil que es nuestro querer. De ahí que Jesús, desde la cruz, rogara al Padre: «perdónalos porque no saben lo que hacen».

 

La verdadera inteligencia de todos estos misterios es la que transforma nuestra ignorancia en esperanza, nuestra oscuridad espiritual en impulso volitivo, nuestras palabras vacías en oración y nuestra desidia en servicio. Saberse perdonado no es franquía para seguir ofendiendo; eso sería cinismo imperdonable. Saberse perdonado es empuje profundo para exaltar, agradecer y amar tanta generosidad. Saberse perdonado es la raíz de la santidad y la fuerza de la esperanza.