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LA CULTURA EN EL MUNDO (#54)
Nuevos caminos se han abierto para perfeccionar la cultura y darle una mayor expansión. Caminos que han sido preparados por el ingente progreso de las ciencias naturales y de las humanas, incluidas las sociales; por el desarrollo de la técnica y por los avances en el uso y organización de los medios que ponen a los hombres en comunicación con los demás. De aquí provienen ciertas notas características de la cultura actual: las ciencias exactas cultivan al máximo el juicio crítico, los más recientes estudios de la sicología explican con mayor profundidad la actividad humana; las ciencias históricas contribuyen mucho a que las cosas se vean bajo el aspecto de la mutabilidad y evolución; los hábitos de vida y las costumbres tienden a uniformarse más y más; la industrialización, la urbanización y los demás agentes que promueven la vida comunitaria crean nuevas formas de cultura (cultura de masas), de las que nacen nuevos modos de sentir, actuar y descansar; al mismo tiempo, el creciente cambio entre las diversas naciones y grupos sociales descubre a todos y cada uno los tesoros de las diferentes formas de cultura, y así se va gestando una nueva forma más universal de cultura, que tanto más promueve y expresa la unidad del género humano cuanto mejor sabe respetar la particularidad de las diversas culturas.
Comentario
Recién ahora, no la Iglesia, sino en la Iglesia, se empieza a calibrar el valor de las culturas. Este mismo párrafo conciliar hubiera sido imposible redactarlo dos siglos atrás. Las culturas americanas fueron arrasadas por las conquistas inglesas y españolas. Africa fue privada de sus riquezas por la colonización europea. Las mismas misiones extranjeras no supieron respetar las culturas de los países que pretendían evangelizar. Y esta labor secular de incomprensión cultural fue frenando la expansión de la Iglesia en países, por ejemplo, como China cuyo pensamiento se quiso fundar en Aristóteles antes que en Confucio. Otro tanto ha sucedido con la cerrazón de Pío IX y X al modernismo y la oposición de Gregorio XVI al industrialismo.
Este Concilio Vaticano II, en sus grandes documentos, ha cambiado la perspectiva de las relaciones culturales de la Iglesia con la Sociedad. El pensamiento conciliar venía preparándose a lo largo de la primera mitad del siglo XX con teólogos de la talla de Lagrange, De Lubac, Congar, Chenu, Rahner y otros.
El cambio fue tan grande que grande también fue la reacción de los tradicionalistas a ultranza, pero todo parece prometer que en cosa de un par de siglos la actitud dogmática habrá cambiado a otra más pastoral y más respetuosa de las actitudes que se gestan fuera de la Iglesia. Si bien, entonces, surgirán otros problemas imposibles de imaginar en la actualidad.
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Capítulo II
EL PROGRESO CULTURAL (#53)
Introducción.- La persona humana no llega a un nivel
verdadera y plenamente humano si no es mediante la cultura, es decir,
cultivando los bienes y valores naturales. Siempre que se trata de la vida
humana, naturaleza y cultura se hallan unidas estrechamente.
Con la palabra cultura se indica, en sentido general, todo aquello con
lo que el hombre afina y desarrolla sus cualidades espirituales y corporales;
procura someter el mismo orbe terrestre con su conocimiento y trabajo; hace más
humana la vida social, tanto en la familia como en toda la sociedad civil,
mediante el progreso de las costumbres y las instituciones; finalmente, a
través del tiempo expresa, comunica y conserva en sus obras grandes
experiencias espirituales y aspiraciones para que sirvan de provecho a muchos
e, incluso, a todo el género humano.
Así, pues, la cultura presenta necesariamente un aspecto histórico y
social, tanto que la palabra cultura
asume con frecuencia un sentido sociológico y etnológico. En este sentido se
habla de la pluralidad de culturas. Estilos en su origen de la distinta manera
de servirse de las cosas, de trabajar, de expresarse, de practicar la religión,
de comportarse, de establecer leyes e instituciones jurídicas, de desarrollar las
ciencias, las artes y de cultivar la belleza. Las costumbres recibidas forman
el patrimonio propio de cada comunidad humana. Así se constituye un medio histórico
determinado, en el cual se instala el hombre de cada nación o tiempo y del que
recibe los valores para promover la civilización humana.
La cultura aporta y, al mismo tiempo, limita las
posibilidades de los hombres. Los constructores de las pirámides eran incapaces
de construir un avión que volara, y, hoy, nosotros somos incapaces de realizar los
cálculos que ellos concebían. Esto debe hacernos humildes para entender el
genio de los padres conciliares de otros siglos. Nunca comprenderemos cuán
inmersos y dependientes de la cultura vivimos y actuamos.
El condicionamiento cultural reduce la decisión libre del
hombre a un infinitésimo que no debe ser
desdeñado como hacen algunos existencialistas de la escuela de Sartre. Ese
infinitésimo es el que a lo largo de la evolución nos hace diferentes de los
animales.
Bien está amar la cultura por lo que nos da, pero también
debe ser temida por lo que nos quita. Aprecio y desprecio relativos que nos
permiten ser productivos para las generaciones futuras.
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FAMILIA, OBRA DE TODOS (#52)
La familia es escuela de humanismo. Para lo cual se requiere clima de
benévola comunicación y unión de propósitos entre los cónyuges y cooperación de
los padres en la educación de los hijos. La presencia del padre y el cuidado de
la madre (sin olvidar su legítima promoción social), es lo que necesitan los
niños menores. La educación de los hijos implica que, al llegar a la edad
adulta, puedan seguir responsablemente su vocación y escoger estado de vida en condiciones
morales, sociales y económicas adecuadas. Es propio de padres y tutores guiar a
los jóvenes con prudentes consejos, evitando toda coacción directa o indirecta
sobre sus propias opciones y decisiones.
Por ello, todos los que influyen en las comunidades y grupos sociales
deben contribuir al progreso del matrimonio y de la familia. El poder civil ha
de considerar su obligación reconocer la verdadera naturaleza del matrimonio y
de la familia, protegerla y ayudarla, asegurar la moralidad pública y favorecer
la prosperidad doméstica.
Los cristianos unan el testimonio de su vida con la acción concorde de
los hombres de buena voluntad. Ayudará a este fin la recta conciencia moral de
los hombres y la sabiduría y competencia de las personas versadas en las
ciencias. Los biólogos, los médicos, los sociólogos y los sicólogos ayudarán a
la paz de las conciencias aclarando más a fondo con estudios convergentes las
circunstancias favorables a la honesta ordenación de la procreación humana.
Los sacerdotes, preparados en el tema familiar, en su predicación y
asesoría, fomenten pastoralmente las vocaciones al matrimonio y animen las
asociaciones creadas con esos fines.
Los propios cónyuges, finalmente, sean testigos de aquel misterio de
amor que el Señor con su muerte y resurrección reveló al mundo.
Recapitulando la dignidad e importancia del matrimonio y
la familia, el Concilio reclama la contribución y la aportación de todos para
una mejor humanización de toda nuestra vida.
Destaca el llamado a los científicos, por tanto tiempo vituperados
como enemigos de la fe cristiana. El racionalismo fue una sana reacción frente
a las presunciones del fideísmo, pero no tan sana en sus condenaciones de las
posturas religiosas. Con agnósticos por medio, las confrontaciones se van
suavizando para bien de todos.
También resulta de interés la admonición hecha a los
sacerdotes para que se capaciten antes de pontificar sobre la moral sexual
repitiendo estribillos ya desfasados por los cambios culturales.
Una vez más, oración, reflexión y acción.
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AMOR CONYUGAL Y RESPETO
FAMILIAR
Los esposos no siempre pueden aceptar el
número de hijos que su fecundidad admite y la abstención de las relaciones
tienta a la infidelidad con daño del amor mutuo y la educación de la prole. La
Iglesia recuerda que no puede haber contradicción entre la moral y el bien
familiar.
La ley divina demanda respeto y dignidad en
las relaciones conyugales y cuidado amante en la generación de la vida,
evitando el aborto y el infanticidio. La moral de la compatibilidad del amor con
la responsable transmisión de la vida debe determinarse con criterios objetivos
sobre la naturaleza de las personas humanas.
Téngase en cuenta que el comportamiento
temporal de los humanos repercute en la definitiva instalación vital de la
eternidad.
***
*** ***
Es bien sabido
que la focalización de la moral en la sexualidad acompañada de silencio y
aceptación pasiva de las normas del magisterio compuesto a su vez por clérigos
presuntamente célibes ha creado problemas de difícil acuerdo y solución.
Llama la atención que en el mundo cristiano y
en las zonas de su influencia se aplique excesivo rigorismo a las conductas
sexuales y se sea tan laxista en el orden gastronómico.
El Concilio no se pronuncia con el usual
rigorismo pero deja lugar a ulteriores reflexiones y matizaciones que,
ciertamente, tienen que superar fuertes contradicciones para logar el
equilibrio de una saludable orientación ética.
En la práctica, si en la casuística sexual no
hay acuerdo entre los moralistas, ninguna de las partes puede obligar a seguir
sus orientaciones y los comprometidos vitalmente gozan de la libertad de
regirse por su propio y maduro criterio.
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LA FECUNDIDAD
MATRIMONIAL (#50)
Sepan los esposos ser cooperadores de Dios en la transmisión de la vida
humana y cumplan su deber con responsabilidad humana y cristiana, ponderando
las condiciones de vida de la época presente y del propio estado, con un juicio
que deberán formular ante Dios, de acuerdo con las leyes divinas y con
docilidad al magisterio de la Iglesia. En
esta responsabilidad merecen alabanza especial los esposos que de común y
prudente acuerdo aceptan un número crecido de hijos. Sin embargo, la
procreación no es el único fin del matrimonio, el cual conserva toda su validez
e indisolubilidad aun en los casos en que falte la prole.
Aquí se tocan, muy brevemente, puntos que deben se
estudiados con mayor detenimiento. Pero ésa es tarea de la teología.
Queda claro que los esposos deben ser responsables en su
proceder. Ante Dios según su conciencia y ante el magisterio con una docilidad
que excluya la sumisión, sabiendo que la obediencia a la conciencia es anterior
a toda otra autoridad establecida.
La cuestión del número de hijos es más discutible. Cierto
que la aceptación de todos los hijos que se puedan criar y educar con salud y alegría
es la actitud óptima, sean muchos o pocos, o ninguno, pero hay que tener en
cuenta la explosión demográfica y el incierto futuro ecológico que estamos
produciendo.
Quienes decidan limitar o retardar los nacimientos deben
también ser responsables, con más razón hoy que se está cuestionando a fondo la
rigidez de la moral sexual por parte del magisterio. Hay métodos
anticonceptivos, unos más naturales que otros, que, de ser utilizados, no deben
dañar ni la paz ni la unidad de la familia, ni económica ni afectivamente. Pero
éstas son decisiones que sólo incumben a los esposos después de madura
reflexión.
Porque el matrimonio y la familia que de ahí se sigue no
están constituidos exclusivamente para conservar la especie humana; están sí
para conservarla y desarrollarla, pero a través de la felicidad de los padres y
los hijos. Tan contrario a la moral familiar es sacrificar la felicidad
familiar a la procreación como su opuesto que desdeña la procreación para
salvar la felicidad conyugal.
Son actitudes que, con mucha frecuencia, chocan y chocan
frontalmente con los criterios mundanos y la publicidad de los productos consumistas,
Cierta austeridad es, para ello, necesaria pero sin que, de esa forma, atraiga
la desgracia a la familia,
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Por Sarri - 9 de Septiembre, 2011, 11:37, Categoría: General
EL AMOR CONYUGAL (#49)
El amor conyugal, por ser eminentemente humano, con el afecto de la
voluntad abarca el bien de toda la persona y, por tanto, es capaz de enriquecer
con una dignidad especial las expresiones del cuerpo y del espíritu y de
ennoblecerlas como elementos y señales específicas de la amistad. Este amor
está perfeccionado y elevado con el don especial de la gracia y la caridad.
Tal amor, asociando a la vez lo humano y lo divino, lleva a los esposos
a un don libre y mutuo de sí mismos, comprobado por sentimientos y actos de
ternura, e impregna toda su vida; más aún, por su misma generosa actividad
crece y se perfecciona. Supera, por tanto con mucho la inclinación puramente
erótica, que, por ser cultivo del egoísmo, se desvanece rápida y lamentablemente.
Este amor se expresa y se perfecciona singularmente con la acción
propia del matrimonio. Por ello, los actos con que los esposos se unen
íntimamente entre sí son honestos y dignos y, ejecutados de manera
verdaderamente humana, significan y favorecen el don recíproco en un clima de
gozosa gratitud,
Ratificado por la mutua fidelidad y sobre todo por el sacramento de Cristo,
es indiscutiblemente fiel en cuerpo y mente, en la prosperidad y en la
adversidad, quedando excluido de todo adulterio o divorcio.
El reconocimiento obligatorio de la igual dignidad personal del varón y
de la mujer evidencia también claramente la unidad del matrimonio confirmada
por el Señor. Para hacer frente a las obligaciones de esta vocación cristiana,
se requiere una insigne virtud; por eso los esposos, vigorizados por la gracia
para la vida de santidad, cultivarán la firmeza en el amor, la magnanimidad de
corazón y el espíritu de sacrificio, pidiéndolos asiduamente en la oración.
Destacará el amor conyugal en el ambiente si los esposos sobresalen por
su fidelidad y armonía y en el cuidado por la educación de sus hijos,
participando en la necesaria renovación cultural, sicológica y social a favor
del matrimonio y de la familia.
Hay que formar a los jóvenes a tiempo sobre la dignidad, función y
ejercicio del amor conyugal y esto preferentemente en el seno de la misma
familia. Así, educados en el culto de la
castidad, podrán pasar, a la edad conveniente de un honesto noviazgo al
matrimonio,
Se aclara, definitivamente, la intrínseca bondad del
matrimonio en todas sus dimensiones.
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SANTIDAD DEL MATRIMONIO (#48)
El matrimonio instituido por Dios para la continuidad del género
humano, el progreso personal y el destino eterno de los miembros de la familia,
está ordenado por su propia naturaleza a la procreación. La unión íntima de los
esposos y el bien de los hijos exigen la unidad indisoluble. El amor de los
esposos está elevado por el amor de Dios y sostenido por Cristo y por la Iglesia, de cuya unión los
esposos son imagen. El ejemplo de los padres y la devoción de los hijos manifiestan
a todos la presencia del Salvador en la familia cristiana.
Este nº 48 es más largo, pero el extracto que les
presento toca todos sus puntos esenciales, sin barrocas florituras.
Es indiscutible que la estructura matrimonial es
funcional de la perpetuación del género humano y de su progresivo mejoramiento.
Atender a la sola perpetuación lleva a la explosión demográfica y atender al
solo mejoramiento tiende a caer en un hedonismo que lleva al empeoramiento. De
ahí la moral matrimonial, hecha de experiencia y reflexión, que debe ser
vivencial y ajena a todo autoritarismo: tarea nada fácil pero inevitable.
Lo del destino eterno es un tema específicamente
cristiano, predicable en el interior de la iglesia y anunciable al exterior con
mucha prudencia y más autenticidad. Debe tenerse en cuenta que al no cristiano
no hay que asimilarlo como si fuera cristiano. Aunque es lícito dudar si muchos
de los que se dicen cristianos, en realidad, lo son. Algo que complicaría aun
más la cuestión.
La indisolubilidad ha de aceptarse en principio pero debe
tratarse en sus circunstancias vitales. Depende del compromiso contraído entre
los dos cónyuges. Y todos sabemos lo fácilmente que prometemos y lo
difícilmente que cumplimos las promesas. En estas materias se impone más seriedad
y madurez que la corriente. Una vez más, falla la educación.
La sacramentalidad es cuestión de fe. La falta de esta fe
hace que la liturgia celebrativa se convierta muchas veces en festín profano,
al igual que otros sacramentos. Todo ello recuerda cuán unidos están en el
matrimonio su carácter civil y religioso y cuán despreocupadamente suelen ser
tratados.
La autenticidad cristiana radica más en la irradiación
vital que en los discursos. Se necesita más vida y menos presunción.
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Capítulo I
MATRIMONIO Y FAMILIA (#47)
El bienestar de la persona y de la sociedad humana y cristiana está ligado
a la comunidad conyugal y familiar. Los cristianos junto con los que estiman la
familia se alegran de los medios que permiten hoy fomentar esta comunidad de
amor y de respeto a la vida, ayudando a los esposos y padres en el cumplimiento
de su excelsa misión: de ellos esperan los mejores resultados que se afanan por
promover.
Sin embargo, la dignidad de esta institución no brilla en todas partes con
el mismo esplendor, puesto que está oscurecida por la poligamia, el divorcio,
el amor libre y otras deformaciones: el amor matrimonial queda profanado por el
egoísmo, el hedonismo y los usos ilícitos contra la generación.
Por otra parte, la actual situación económica, sociosicológica y civil
crean fuertes perturbaciones. Finalmente se observan con preocupación los
problemas nacidos del incremento demográfico. Todo lo cual suscita angustia en
las conciencias. No obstante, resalta el vigor y la solidez de la institución
familiar en los profundos cambios de la sociedad contemporánea. A pesar de las
dificultades a que han dado origen, con mucha frecuencia manifiestan, de varios
modos, la verdadera naturaleza de tal institución.
Por lo tanto, el Concilio, con la exposición más clara de algunos
puntos capitales de la doctrina de la Iglesia, pretende iluminar y fortalecer a los
cristianos y a todos los hombres que se esfuerzan por garantizar y promover la
intrínseca dignidad del estado matrimonial y su valor eximio.
El tema del valor del matrimonio y sus implicaciones es
muy complejo y discutido. No esperemos, por tanto, del Concilio otra cosa que
breves indicaciones de su problemática. La Iglesia tardó mucho en hacerse cargo de su
adoctrinamiento que, más bien, fue condenatorio de sus imperfecciones y abusos.
Durante mucho tiempo, para exaltar los estados de vida
religiosa consagrada, menoscababa en la predicación el estado matrimonial. La realidad
le ha obligado a cambiar de óptica y hoy, dada la complejidad de los casos, se
está escorando en sentido contrario.
El matrimonio goza de intrínseca dignidad, pero esta
realidad, sobre todo cuando se entra en los detalles, suele quedar muy olvidada
en el común sentir de la gente.
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Segunda Parte
PROBLEMAS MAS URGENTES (#46)
Introducción
Después de haber expuesto la dignidad de la persona humana y la misión,
tanto individual como social, a la que ha sido llamada en el mundo entero, el
Concilio, a la luz del Evangelio y de la experiencia humana, llama ahora la
atención de todos sobre algunos problemas actuales más urgentes que afectan
profundamente al género humano.
Entre las numerosas cuestiones que preocupan a todos, hay que mencionar
principalmente las que se refieren al matrimonio y a la familia, la cultura
humana, la vida económica social y política, la solidaridad de los pueblos y la
paz. Sobre cada una de ellas debe resplandecer la luz de los principios que
brotan de Cristo, para guiar a los cristianos e iluminar a todos los hombres en
la búsqueda de solución a tantos y tan complejos problemas.
La dignidad humana figura en primer término en la visión
y misión cristiana. Sin ella, el resto es papel mojado, como suelen ser muchas
recomendaciones que la olvidan o la dan por sobrentendida cuando no
olímpicamente ignorada. La dignidad humana es la premisa y el fruto del sentido
ético de la vida. Es, en realidad, el presupuesto de la vida cristiana.
De hecho, la
Gaudium et Spes ausculta prioritariamente la ética de la vida
que resulta confirmada e iluminada desde el enfoque evangélico. Pero la ética
es autónoma. Esto es algo que las demás disciplinas, incluida las religiosas,
suelen olvidar para poder calificarla como propia. La ética es humana; no es ni
cristiana, ni budista, ni agnóstica ni atea.
Como las personas no viven aisladas en su individualidad
es justo plantear el rol ético y religioso en las comunidades y asociaciones en
las que la vida se desarrolla. Familia y país no son fenómenos arbitrarios sino
necesarios y, por eso, son comunidades imprescindibles. La economía y la
política, siendo también necesarias admiten mayor flexibilidad y variedad.
En este abanico de temas podríamos perdernos si
pretendiéramos ser completos. Para algunos sobrarán temas y para otros
faltarán. En el Concilio se hizo una opción sobre aquellos que consideraban más
importantes, No son ni todos ni están todos los importantes. Son directrices
generales que implican los detalles que no se mencionan y que quedan al arbitrio
de las personas responsables de sus actuaciones.
Todo esto reclama de nosotros, atención, reflexión y
decisión.
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CRISTO, ALFA Y OMEGA (#45)
La
Iglesia, al
prestar ayuda al mundo y al recibir del mundo, sólo pretende una cosa: el
advenimiento del reino de Dios y la salvación de toda la humanidad. Como
sacramento universal de salvación manifiesta y al mismo tiempo realiza el
misterio del amor de Dios al Hombre.
El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se encarnó para que, Hombre
perfecto, salvara a todos y recapitulara todas las cosas. El Señor es el fin de
la historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de
la historia y de la civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón
humano y plenitud total de sus aspiraciones. Es aquel a quien el Padre
resucitó, exaltó y colocó a su derecha, constituyéndolo
juez de vivos y muertos. Vivificados y reunidos en su Espíritu, caminamos como
peregrinos hacia la consumación de la historia humana, la cual coincide
plenamente con su amoroso designio.
Escuchemos lo que dice el Señor: Vengo presto, y conmigo viene mi
recompensa, para dar a cada uno de acuerdo a sus obras. Yo soy el alfa y la
omega, el primero y el último, el principio y el fin (Ap. XXII, 12-13).
Himno triunfal. Como broche del capítulo y de la primera
parte, en que se trata de la vocación del hombre en la Iglesia y en el Mundo. A
veces el lirismo de estas consideraciones nos hace perder el sentido nuclear de
tales verdades. No se trata de cosas y acontecimientos, sino de nuestra propia
y personal conversión y transformación.
La encarnación del Verbo, la humanización de la voluntad
divina, nos llega a todos. Formamos “ya” parte del Cuerpo de Cristo y en Cristo
con nosotros se revela toda la historia de la que formamos parte. En El se
recapitula el esfuerzo ético de la humanidad, la religiosidad de los profetas y
la fe de los pueblos, desde el principio hasta el fin del mundo. Y en esa
recapitulación (anakefalaiosis) todos somos protagonistas.
La Iglesia es sacramento: lo que muestra lo
realiza. Por supuesto que se trata de un misterio imposible de comprenderlo
desde nuestro caminar histórico en el seguimiento de Jesucristo. Aquí se
plantean los riesgos de nuestros lirismos. Bien están si sólo son expresión de
nuestras corazonadas, pero están muy mal cuando pasamos a darles consistencias
racionales y dogmáticas. Los dogmas son verdades germinales que deben
fructificar en verdades de vida, pero son lamentables cuando se quedan en
formulaciones quietas y muertas; son como la tabla de multiplicar para los
cálculos matemáticos.
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